A la semana y media de haber instalado mi nueva placa de video, la fuente se me quemó por vende humo, decía tener mas capacidad de la que en realidad tenía. Y yo entré en estado de pánico, o lo habría dicho de nos ser porque la llevé al servicio técnico. El problema radicaba e n que mi viejo no podía llevarla, mi vieja ausente, y yo no sabía como transportarla. Me jugué y tras meter el gabinete en la caja de cartón en la que vino cuando la compré, la até firmemente a la parrilla de la bicicleta con una soga elástica. Portaba los testículos en la garganta también por temor a que el menor freno o falta de equilibrio permitiera que mí preciada PC se hiciera añicos contra el pavimento. Todo resultó bien y fui feliz. Y siempre pude utilizarla como medio de transporte para ir al supermercado o al quiosco a comprar unas cervezas (generalmente uso una mochila, pero tras un arduo entrenamiento he perfeccionado mis habilidades y por mas que sufra por el bienestar de los envases, puedo llevar hasta 3 porrones en las manos y manejar al mismo tiempo), hacer mandados, para llegar a hasta la casa de mis amigos, ir a la facultad, laburo, gimnasio, natación y para las más indecentes propuestas de fin de semana. Un día tuve que pasar a buscar los envases que aporté la noche anterior cuando nos reunimos en casa de un amigo y había sobrado una Quilmes ya abierta que no teníamos como taparla. La cuestión es que la tuve que llevar en la mano, cosa que no me molestó, estando alrededor de 30 cuadras con un porrón de litro en la izquierda y el manubrio en la derecha, lo que me asemejaba a un croto de barrio levemente mejor vestido.
Los boliches
Haciendo un recuento de las veces en las que tuve que entrar a un boliche y no estaba realmente muy pendiente de mi aspecto o la imagen que proyectaba, lo cual no es necesariamente algo malo, éstas siempre resultaron en detalles risueños de esas noches y quedaron grabadas para la posteridad, en la memoria mía y de mis amigos también por supuesto. Como esa noche en que fuimos a Eme y yo salía de laburar alrededor de las 23hs. Después de estar tanto tiempo sentado tomando llamadas nada mejor que una fruta, pero por cuestiones de horario mi descanso no fue suficiente para disfrutar de ésta, así que la guarde en mi mochila y me olvidé. Una vez ya en la cola con el DNI en mano, regocijándome de todos los menores que intentaban convencer a los patovicas de tener edad suficiente para ingresar cuando resultaban ser imberbes de menos de 17 o menos, el morocho me tantea la mochila y logra identificar que era un alimento. “¿Qué es esto pibe, una manzana? –Sí, recién salgo de laburar y no me la pude comer todavía”. El patova gustoso me abre camino a medida que contiene su risa por la situación poco corriente. También estuvo esa vez en que me invitaron a Moore y dije que no podía porque viajaba al día siguiente, aparte estaba algo desarreglado, no estaba bañado y andaba con ropa de entre casa. ¡Faltaba más! Pasé de la previa y terminé pasando sin pagar con un free que me facilitaron. No se si se comprende, estaba con ortodoncias, lentes, y un buzo polar bien berreta, de esos que se consiguen en oferta en los supermercados. En contadas ocasiones fui en bicicleta, por ejemplo al cumpleaños de una, hoy en día distante amiga, no recuerdo en cual boliche y la até con linga a un árbol de la vereda de enfrente pero estaba bien vestido. Incluso en bici he ido a bares como el Indians, y a recitales, sin duda alguna que la vuelta a casa se veía siempre comprometida por causa de las alarmantes cantidades ingeridas de alcohol de aquellas noches.Un día en la bici
Un día común como todos los que abundan en mi cotidianeidad, había hecho planes para encontrarme con un amigo que debía pasarme a buscar por mi casa y de ahí iniciar el recorrido en bicicleta rumbo a la nada distante en el horizonte. Como dije antes un día común el que implicaba dejar una riña pendiente con mi vieja, pero cuando me pasaron a buscar me olvidé de ello y partí hacia el Emporio de las Golosinas. Cuando volví dejé unas cosas y salí de nuevo a lo que mi vieja salía con el auto, probablemente camino al cine. Ya a unas cuadras de distancia íbamos charlando con mi amigo y reconozco el auto de mi familia, al escuchar los bocinazos y los gestos del conductor para llamar nuestra atención y saludarnos. ¿Con qué objeto? pensé yo y le hice el gesto de “¡tomatelas!” con la mano aunque de mis labios se escapó un discurso algo más extenso. Acto seguido, ella acelera con violencia y saca la mano por la ventanilla levantando únicamente su dedo medio, con lo que mi compañero de andanzas se desternillaba de la risa al comprender de quien se trataba. “Tenes que ser muy gil para que tu propia madre te haga fuck you” calculo que diría el espectador de este suceso pero no es mi caso: es nuestra forma de comunicarnos. Un hábito catártico, o tal vez cóncavo, (no recuerdo bien cual de las dos palabras era) pero esto representa un nivel de comunicación mucho mas profundo que el simple articular de palabras, pensamientos y sentimientos.El primer boliche
Hablando de boliches todavía recuerdo la primera vez que pasé a uno. La Roca estaba ubicado sobre calle Oroño en la esquina con alguna otra que no recuerdo. Calculo que ya habré tenido por lo menos 15 o 16 años por ese entonces, y decidimos salir al boliche 2 amigos y yo. Antes de ir a la cola se nos da por ir a comprar unas birras, pero el del quiosquito nos dice que no podía vender más porque estaba cerrando, a lo que segundos después se acerca y nos dice en secreto que si queríamos ir a tomar el nos vendía pero teníamos que ir a su casa... a lo que sin pensar demasiado aceptamos y lo seguimos los 3. Ahora bien, desde chicos nos enseñan que si un extraño nos ofrece algo a cambio de que lo acompañemos, uno se niega y paso seguido se aleja, ese sería el proceder más racional. Yo tenía un mal presentimiento porque quien te dice que el tipo no sacaba una pistola y nos afanaba o peor aún nos hace picadillo y terminamos embasados como latas de atún. Por suerte no fue a mayores y solo nos vendieron cerveza que consumimos ahí, con otros 2 morochos de nuestra edad o quizás mayores. Antes de irnos lo saludamos a gritos desde la otra vereda de forma que fuese obvio que lo conocíamos. Una vez dentro éramos larvas, el ambiente era para gente mayor y muchos eran negros. Uno de los chicos que era más osado intentó chamullar un poco pero tras varios rebotes al hilo se dio por vencido y regresó con nosotros, quienes permanecíamos en un rincón alienados de la multitud. Pioneros en nuestro campo nos fuimos del lugar a la hora sino antes ya que la noche fue del boliche puertas adentro una cagada, y puertas afuera demasiado arriesgada. Con el tiempo y por las circunstancias logramos perfeccionar la técnica de escape de un boliche, conocida como “che, nosotros vamos al baño” ¿Quien diría que años más adelante nos acostumbraríamos a repetir este método noche tras noche en boliches random de la movida rosarina y sus alrededores? Por algo será que en la actualidad seguimos saliendo, aunque no sabría identificar este patógeno en nuestro comportamiento reconozco su existencia y en ocasiones maldigo su nombre.
jajjajjajaj q grande la de vamos al baño, aunque ultimamente me esta gustando mas la de ver cuando nadie mira ,salir cagando.
ResponderEliminarjajaja buenas hitorias de vida.
ResponderEliminarPara acotar:
1_ Muy grosa tu vieja jaja
2_ Yo hace aprox. 5 años que no monto una bicicleta.
3_ Yo solía frecuentar La Roca en el año 99' o 00'...asco daba ese antro.
4_ Me amás? Porque yo sí.
gracias por la dedicatoria!!! sos una masa gordooo! la bicilo mas...
ResponderEliminarAJAJAJAJ ya ni dicen vamos al baño, la clasica es "che nosotros ya venimos" ajajajajjaaj que hdp!
ResponderEliminarlo mejor del boliche es cuando nos vamos, es casi tan bueno, como cuando no entras, bless gordo, tu puesto esta asegurado, no dejes q 1 partido te tire abajo, un arkero empiesa desde abajo gordo tex. ajAJAJAJ
ResponderEliminartequilaaa sunriseee yaaa yaaa yaaa
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