miércoles, 14 de julio de 2010

Viaje de egresados a Bariloche

Todo el mundo habla de Bariloche como si fuera la cumbre de su vida, sin éste la secundaria no tiene sentido, una experiencia inolvidable. Sin duda es inolvidable, como la primera vez que fuiste al médico a sacarte sangre y miraste atento como se llenaba la jeringa con tu savia. Desde el principio todo es una mentira, el doble discurso que engendran estos parásitos en pos de sacarte plata es admirable: a los padres, “los chicos van a viajar en las mejores condiciones, van a ser cuidados y controlados por guías turísticos profesionales y nos importa mas que nada que estén cómodos con lo que se acuerda en el contrato, porque sabemos que somos mejor que la competencia”, y a los chicos con un discurso mucho mas breve ya los convencen “chicos, Bariloche es para ponerla, ponerse en pedo y hacer cualquiera, vengan con nosotros que somos mas piolas que los de X compañía”. El costo del viaje asciende cada año de a 500 pesos, llegando a costar hoy mas de 4800 (y pensar que yo lo pague 1200) también están los colaterales como el buzo, las excursiones no incluidas en el paquete, CDs con fotos ‘in-hackeable’ y mural, etc. Con esto no estoy diciendo que el viaje sea malo, pero no es como te lo pintan. Y ahora cuento mi experiencia (¡faltaba más!) en excursiones, boliches y demás chascarrillos de vida y obra mía.

Aspectos básicos
Los padres votaron por la compañía a elegir y ganó Transacontraba, pero no todos quedaron conformes y se fueron con la competencia Travel ‘n’ Rock. Y los 4 porotos con los que yo más me hablaba en el curso se fueron por su cuenta, entre ellos el Iano quien presentó su postura a favor de esta última con un argumento tan convincente que no pude discutirle más, “es fácil, yo me quedo con travel, porque fijate: travel, viaje; rock: diversión, fiesta, minas, música, etc.”. Simplemente irrefutable. Terminé solo con Javito como compañero de aventuras (y otro loco más) pero al toque nos hicimos amigos de los chabones con los que compartíamos colectivo del Superior de Comercio. Con $10 cada día entrábamos a la pieza donde tenían todas las bebidas que metían de contrabando, y hacíamos la previa antes de salir para los boliches. Ahora, de día Javito era él mismo, pero de noche tras un par de tragos encima tenía la particular costumbre de transformarse en una basura. Típico caso en un boliche: íbamos los dos y elegíamos cada uno una mina, iniciábamos nuestros respectivos ritos de apareamiento frente a la chica, que estaba por supuesto alcoholizada hasta el ombligo. Respetando cierta trayectoria yo rebotaba y me arrimaba a la barra aceptando mi derrota sin tomármelo a pecho. Mas tarde se me acercaba y me decía: “¿y, qué tal? –No me dio bola”, cuya respuesta no se hacía rogar cargada de un profundo disgusto y ademanes violentos al susurro de “sos… sos… ¡sos una verga!”. A pesar de repetir esta secuencia todas las noches, cuando se lo mencionaba al día siguiente su mirada atónita era lo único que recibía como si se tratase de una invención mía. ¡Buenos tiempos aquellos! De todos modos, los boliches siempre me colmaban las pelotas a las pocas horas, y terminaba volviéndome temprano. Rescato sin embargo, Grisú donde estuve por lo menos hora y media buscando el baño, y otra hora y media para encontrar la salida de lo intrincado y laberíntico que es; y también Rocket que era otra opción interesante y de categoría. El resto de los boliches eran escoria y a la hora de llegar ya me estaba volviendo en el colectivito de regreso al hotel. Los del hotel unos ídolos: el recepcionista tenía una banda de black metal, muy bien ahí, y los viejos del comedor nos hacían cagar de la risa con las forreadas y cargadas que tiraban cuando te servían, siempre sacando a relucir el defecto mas notorio sin problema alguno. Las excursiones, una peor que la anterior. El culipatín estaba bueno pero hicimos dos o tres vueltas nomás, y con el ski los mismo, dos horas subiendo como mogólicos por el costado de la pista para llegar a tirarse tres veces y siempre algún boludo que no se corría de esta y para esquivarlo te hacías pija vos; la cabalgata más monótona y robótica que jamás tuve el placer de experimentar; la pista de cuatriciclos, un bodrio; la cena de velas con fondue de chocolate, que no contenía verdadero chocolate (después se viene la historia de esta excursión); y el Cerro Catedral, que se yo… me cago en la vista. En este momento si algún pibito/a lee esto debe pensar, “pero vos sos medio forro, no te gustó nada”, a ellos les recomiendo en primera instancia donde se pueden sentar, y en segunda que hablen con amigos mas grandes que ya hayan ido y van a cambiar esa idea ingenua de que el mundo es color de rosa. Es un negocio esto, a tu coordinador le importas menos que su suegra, y te manejan cual cabezas de ganado. También te van a querer hacer llorar en alguna excursión boluda en una cabaña para “que pienses en el sacrificio de tus papas para pagarte el viaje” o “que estos, tus compañeros de curso, son tus mejores amigos y nunca se van a separar”, con el único objetivo de que le compres el CD al guacho que tocó la guitarra. Pura mersa. Lo único positivo en mi opinión fue la fiesta de disfraces, porque pude escapar a esa costumbre perra de que me rebotaran. Yo ya tenía el disfraz de cura en mente, por si ganaba o si perdía, no podía fallar. Tal vez haya sido por el misticismo de averiguar lo que se esconde tras la máscara, o porque era el último boliche al que íbamos a ir y con el temita del disfraz mas los litros de alcohol encima, las minas aflojaron un cachito con las pretensiones. Terminé comiéndome dos, y después de tolerar toda una semana de rechazos me parece que me lo merecía. Ese boliche fue el peor de todos, Genux creo que se llamaba.

La cena de velas
Pero lo mejor del viaje sin dudas fue la cena de velas, o mejor dicho lo que pasó después de la cena de velas (si no me equivoco, ya dije antes mi opinión sobre dicha excursión). Después de comer en una de las cabañas en el complejo donde estábamos, levantaron los tablones y caballetes, y se armó boliche: un par de luces y la misma música del CD compilado que te querían vender a todos lados donde ibas. Lo increíble es que todos sabíamos que era una bosta pero inconcientemente nos tambaleábamos de un lado a otro con la mirada perdida cual zombies de película, en un baile hipnótico y adormecedor. Tuvo éxito, me dio sueño. Me busqué una reposera plegable que casualmente había ahí (¿no les digo que era un lujo?), y me senté un ratito para alejarme un poco de ese circo. También dio resultado, y me terminé quedando dormido, alejado del grupo. Una hora mas tarde mas o menos, me despierto y busco a los de mi grupo para ver si ya nos pasaban a buscar para volver al hotel. Nadie. No junaba a nadie, ni siquiera a los de los otros cursos con los que compartíamos colectivo. Me acerco a uno de los del lugar y le pregunto por mi colegio, coordinador, incluso el Junior dolobu que lo sigue a donde vaya, y resultó que ya se habían ido los de mi colegio hacía un rato. El soplaquenas del coordinador no se molestó en contar a bien a cada uno de los vacunos de su rancho para comprender que faltaba yo. El morocho del lugar lo llama al pascual este y la solución que le da es que me llame a un taxi para volver al hotel. Y así comenzó mi travesía, yendo de cabaña en cabaña acompañado por distintos morochos con linternas guiando mi camino, y todos engendraban el mismo diálogo conmigo: “Así que te quedaste dormido y te dejaron a pata. Exacto mi buen señor, ha-hah. Que pelotudo tu coordinador, pibe. Concuerdo.” Esto se repitió, sin exagerar mucho, al menos 6 veces. Hasta que llegué a la última y me subí al taxi, no sin antes dar las gracias. El tachero parecía saber que algo había pasado y me pregunta. Le cuento, y una vez más el diálogo resuena en mis oídos. Todo en orden, hasta que llego al hotel y había que pagar, a lo que este reverendo hijo de puta ni siquiera tuvo la decencia de dar la cara disculparse y pagar el taxi. Le pedí la plata a un loco de mi colegio, y pagué. ¡Anda a reclamarle al coordinador papá! Ni sé si se la devolvió a la guita al pibe. Pero al día siguiente se me acerca una pelotuda y me acusa de haberlo cagado al pibe. Le respondí con mi ira bajo control, y el tono mas dulce que me salió expresé mi deseo de que su upite quedara completamente desgarrado. Un viaje verdaderamente inolvidable.