martes, 27 de abril de 2010

Accidentes insensatos y operaciones quirúrgicas (parte uno)

No creo que necesite introducción siquiera, los dejo con este placer prohibido que ofrece el dolor ajeno. Mis vivencias son suyas también, gracias a este espacio.

Cuando me abrí el mentón
Este suceso se desarrolla un día que habíamos ido a la pileta del Club Provincial con mi viejo y estábamos prácticamente solos, temprano como siempre, porque no fui uno de esos afortunados de vivir en carne propia las fiestas paradisíacas que se engendraban durante las tardes con música dance, minas en bikinis, asado y amigos. Sentando precedente, en mi familia se acostumbraba ir de mañana al club cuando solo había unas focas con bloqueador solar gorros de paja y joyas. Momentos antes de irnos me encontraba practicando clavados en la pileta, fallando miserablemente en perfeccionar mi salto de cabeza ya que únicamente lograba posicionarme de forma horizontal en el aire e impactar de lleno con mi abdomen contra del agua. Pero no me rendí, y lo intenté reiteradas veces, hasta que me salió y casi me ahogo. En eso mi viejo me llama para irnos, y yo le pido inocentemente que me mire hacer mi acrobacia esperando que como premio me arrojara un par de pescados a la cara, a modo de premio claro. Me paro en el borde mirando para atrás y salto cayendo parado, bastante cerquita del borde, lo suficiente como para comerme el borde con la mandíbula. Un uppercut que me dejó K.O. y me obsequió un pequeño tajo en el mentón, con lo que tuvimos que ir con el médico para que me curara con la gotita. Una perlita entre mis boludeces de pendejo (habrá sido por el ‘95).

Cuando me quebré la clavícula
Tiempos dorados en el colegio eran cuando los recreos los pasábamos en el parque y disfrutábamos de la naturaleza, las canchas de futbol, y los espacios verdes, en la primaria por supuesto. Pero no faltaba el boludo que se quebraba o se lastimaba. Por lo que con el tiempo, nos prohibieron ir al parque, permitiéndonos solo aprovecharlo en educación física o el día del estudiante. Ese día que fuimos al parque, me sentí reflexivo y nihilista, y al igual que en un sueño, sin un propósito, razón o ilación de la narrativa, me dirigí solo hacia un árbol. Lo noté bastante torcido, con una rama que se mostraba fuerte por fuera pero era frágil por dentro, lo que me provocó un ferviente deseo de comprobar mi teoría de su fortaleza.
Trepo el árbol, me cuelgo de la rama cual lémur y le doy una sacudida. Nada. Me alejo un poco mas y pruebo de nuevo, esta vez noto un leve crujido y lo ignoro rápidamente para continuar con mi tarea, de nuevo nada. Me alejo un poco mas y ante el primer movimiento la rama se parte casi instantáneamente, cae primero (a pesar de que yo colgaba de ella, y por lógica tendría que haber caído después de mi, pero así lo dijo Zarathustra) y luego yo aterrizo sobre ella. Sentí al igual que un dibujo animado un “crack” fuerte y seco, sumado a que no me dolía nada. Y me alejé como si hubiera hecho una cagada y comencé a caminar en dirección opuesta. Después de los 50 metros sentí una gran presión en el hombro izquierdo y no podía moverlo. Llaman a una ambulancia y a mis viejos. Me pregunta la mina de la ambulancia como me lastime. Y recuerden, yo no quería que nos quitaran el derecho de ir al parque por causa de un boludo que se había quebrado. Y esto fue lo que respondí (y me apegué a mi historia como un ladrón a su coartada): “Estaba jugando a que era Superman. Entonces me subí a un banco para simular que volaba. No me di cuenta y cerré los ojos. Perdí el equilibrio y me caí (sobre las raíces de un árbol). Después no podía mover el brazo...” Hubo un silencio. Ahora que estoy escribiendo esto me pongo en el lugar de la paramédicos y lo que debe haber pensado, algo como: “¡Que mal che, como fue que perdieron de vista a este pobre mogólico y dejaron que se lastimara!” Como bonus, les cuento que tuve que hacer la comunión con un yeso en la clavícula, en octubre, con ese calor de mierda cagándome de calor con camisa y derecho como soldado. En la iglesia durante la ceremonia se me acerca la profesora de catecismo y me dice que me relaje un poco, que no estuviera tan tenso. Lo que putee... Adjunto una foto debajo para que se den una idea.

Cuando me sacaron la uña encarnada
Yo soy algo descuidado con el tema de las uñas de los pies, a tal punto que tranquilamente se puede confundir mis pies con los de un yeti bebé cuando olvido recortarlas. Es por eso que no es de sorprenderse que una vez se me encarnó la uña del dedo gordo del pie derecho. Traté de quitarla de la herida múltiples veces, con un alicate, un par de tijeras, instrumentos punzantes y demás herramientas, pero todo fue en vano. En una sesión regular de “enderezamiento de la uña” se derramaban al menos 2 gotitas de sangre, algo de pus (pero no siempre), y un pocillo de lágrimas, 2 veces por semana. Y yo tranquilo. Llego un momento que empecé a caminar como el hombre elefante porque me lastimaba de sobremanera pisar derecho. Acá hago una pausa y le mando saludos a Javito a quien yo confié el motivo de mi dolor a lo que me devolvió una mirada fija a la cara por unos instantes, me sonrió y gritó: “¡el gordo tiene zapatillas nuevas, hay que estrenarlas!” a lo que inició él mismo el rito con un pisotón importante. Grité... y me desmoroné de dolor en el piso con el pie adormecido y a los 2 minutos cuando me recuperé lo veo a él en el piso rodando de la risa. Gracias. También es importante recalcar que con mi andar de parapléjico yo volvía casa después del colegio por 2 semanas. Cuando ya no podía pisar, fui al médico esperando que me dijera que me iban a tener que cortar el pie. Al momento de la operación, me acuestan en una camilla y me aconsejan que no mire, me anestesian con un jeringazo entremedio del dedo gordo y el índice, no estuvo bueno pero lo peor estaba por venir. Remueven la pezuña y no sentí dolor, a lo que creí que faltaba mas, cuando contra la instrucción del doctor me incorporo y veo una garra ensangrentada sostenida por una tenaza y acto reflejo me miro el dedo sin uña y casi me desmayo. Mejor que la película “la llamada” y “el grito” juntas. ¡Ahh!, cuando me acuerdo, me sigo cortando las uñas como un cavernícola con varios instrumentos (menos una tijera) y sino, me las dejo largas y las raspo contra la pared para afilarlas.

Solo me despido aclarando que por falta de tiempo no logré poner todo el contenido que planeaba en este posteo. Así que aguarden al borde de sus inodoros la segunda parte, esta semana o el martes próximo, para tener algo con que limpiarse. Saludos.


martes, 20 de abril de 2010

Crónicas en dos ruedas

Yo me la tiro de ciclista. Me encanta andar en bici, porque puedo transportarme a tracción propia a donde yo quiera, el límite lo estipulan mis gambas. Es por esto que además de usarla como medio de transporte para trayectos cortos, como ir a hacer algún mandado, a la facultad, casas de mis amigos y demás, la uso para hacer unos recorridos algo mas extensos; hasta ahora lo mas lejos que llegué fue hasta el puerto del pueblo de San Lorenzo (debajo adjunto el mapita para que se den una idea). Tiene sus ventajas: es gratis, saludable, recreativo y liberador. El último viaje que hice me fui preparado, (porque la penúltima vez no había merendado y terminé tan exhausto que casi me desmayo de regreso ya en Rosario) me llevé una botella de litro y ½ con jugo, un durazno y un par de barras de cereal y además merendé antes de salir. Por suerte no me sucedió aún una calamidad del tipo que algunos amigos desean como una cámara pinchada o reventada, a lo largo del viaje, pero yo sé en el fondo que en sus casas deben estar orando por una botellita de vidrio reventada o alguna piedra en mi camino para cumplir la profecía. Me manejo tanto en ella que he ido a lugares completamente inadecuados en bicicleta y la encadenaba enfrente del local, con actitud desafiante, como bares, boliches, a recitales, al casino (esta última siendo la que mas adrenalina me inyectaba porque nunca sabía si iba a estar cuando yo volviera; no siempre esta disponible la posibilidad del Libertad de enfrente con lugar para dejarla vigilada). También con ella hago las entregas de los huevos de pascuas a mis amigos. Pero no todo es color de rosa, aunque las llantas son lilas y cabe destacarlo, en muchas ocasiones me salvó de tener que valerme del transporte público, pero hubo otras en las que me hizo laburar el doble para llegar a destino. Como esos pinchazos aleatorios e imprevisibles:

Camino al laburo: fue una sola vez pero realmente me aniquiló. En esa época estaba en capacitación así que no podía faltar o llegar tarde. En calle Oroño y Córdoba se me revienta la cámara de atrás justo cuando el semáforo se pone en verde y quedo en pelotas en el medio de la calle. Alejándome de los bocinazos y puteadas de los culeados de los conductores que no ven que no fue por pancho que frené en ese sitio, me fijo la hora y como veo que no dispongo de mucho tiempo empiezo a patear hacia Brown y Pueyrredón arrastrando la bicicleta, a lo que a esta por simple movimiento se le sale la cubierta y entra a raspar contra el pavimento trabándose de alguna forma loca la rueda. “¿Qué hacer?... Esto no me va a vencer a mí” pensé, con lo que me cargué la bicicleta al hombro y la llevé cual bolsa de papas cambiando de lado cada 2 cuadras. Se larga a llover. La puta madre pienso mientras me entro a cagar de la risa solo. Llego 10 minutos tarde que se me perdonaron porque llegué, empapado en una mezcla de agua de lluvia y sudor, grasa de la cadena y tremendas ojeras. El resto del día fue mas tranquilo casi somnífero.

Camino a la casa de sk: en esta ocasión me pasé de rosca con el surtidor de aire en una estación de servicio y la cámara de la bici se salió de la contención que provee la llanta mostrándose como a punto de reventar, y para poder acomodarla tuve que desinflarla y volver a inflarla varias veces hasta que termino pinchándose y me dejó a 20 cuadras…

Vuelta de la casa de exe: muy buena esta, saliendo de la casa de un amigo, de noche, me quedo en la puerta hablando un rato más. Algo a lo que no le di mucha importancia fue que paso el basurero y al intentar hacer un tiro al camión al estilo de los Globe Trotters que lograr errar asquerosamente y se escuchan ruidos de vidrios hacerse añicos. Me despido casi al instante y empiezo a pedalear tomando velocidad yendo por la vereda buscando el lugar adecuado para bajar a la calle, y lo encuentro. Salto una bolsa de basura y le doy de lleno al pedazo más grande de la botella que no se había llegado a romper del todo pero permanecía afilada. Esa vez no fue tan dura porque estaba a unas cuadras de mi casa, pero parecía mandado a hacer.

Vuelta de la casa de sk: La vez que recibí la remera con mi rostro impreso. Empiezo a pedalear y logro avanzar hasta calle Pellegrini con la rueda en llantas, cuando ya los adoquines me estaban destrozando las llantas. Resignado, inició mi travesía hacia mi casa. No iba ser una noche fácil, ya me la veía venir. En el recorrido me cruzo con un travesti que caminaba en mi misma dirección pero unos metros mas adelante. Yo acostumbro enganchar la llave al cinturón por lo que cuelga y hace ruido cuando camino, se ve que esto alarmó al “muchacho” y en un momento se dio vuelta de forma amenazante como listo para confrontar a un agresor. Y se encuentra conmigo, en cuero, con una mochila arruinadísima, unos jeans recortados para asemejarse a unas bermudas pero que terminaron siendo unos capri al estilo chavo del 8 y una bici pinchada. Espera a que yo pase y después sigue caminando él. A los pocos pasos lo escucho cerca de mí al tipo y me dice susurrando con voz de tachero bonaerense: ¡paapiitoo! Me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo mientras se me fruncía y seguí mi camino. Hago un intento de inflarla rueda en una estación de servicio para encontrarme con que no solo estaba desinflada sino también pinchada.

En un paseo por el parque: uno de los primeros viajes que hice en bicicleta, pasé por el parque con el que choca el principio de calle Sarmiento. Y me creía jesús en una bicicleta todoterreno con cubiertas de fibra de diamante. El karma del universo me puso en mi lugar y me hizo pinchar con una de esas pelotitas de mierda de los árboles del parque. Como no quería que me llamara nadie, deje el celular en mi casa apagado, así que mi única opción fue volverme caminando con la bici a rastras hasta mi casa que vendrían a ser alrededor de 50 y tantas cuadras.

La vuelta carnera en bici: Esta en realidad se origina por causa y obra mía, pero mucha gente me pidió que la contara. Saliendo un día de un partido en Oxígeno enfilando para la parada de colectivos toca cruzar calle Santa Fe, yo tenía la mochila mal agarrada con el hombro derecho y haciendo equilibrio. Es importante el hecho que el semáforo estaba en rojo por que los autos actuaban como el público en un desfile, pero de pelotudos siendo yo la estrella principal. Me dirijo al cordón como siempre y no llego a levantar las ruedas delanteras, tropiezo sobre este y doy un salto mortal hacia delante cayendo la bicicleta sobre mí. Estaba atrapado debajo de la bicicleta con la correa de la mochila impidiendo moverme y la posición del cuerpo no ayudaba, para colmo hacía tanto frío que no tenía fuerzas para moverme. La vista era increíble, yo retorciéndome cual babosa a la que le echan sal para verle sufrir, mientras mis amigos no podían parar de reírse y se revolcaban en el piso a carcajadas, lo cual no cesó en ningún momento de todo el camino hasta la parada. Al menos 2 minutos habré estado tirado en el piso y no me levantaron hasta que pararon de reír.

miércoles, 14 de abril de 2010

Atracción fatal

Como ya saben el nombre de este blog fue forjado en honor a mi alter ego. Algunos fanáticos, ajenos a mi forma de ser, aún hoy no entienden en que consiste. Ya desde el vamos no entienden que tanto yo como él, somos heterosexuales. Sí, así es, mala suerte chicos. Pero es algo irónico que a pesar de mi preferencia por las mujeres, las personas que se sienten mas atraídas hacia mí sean los gays. ¿Será por el culito de goma? Por eso hoy les ofrezco esta cucharada de vick vitapirena vencido de la poesía que represento. Este post va dedicado a Lucas Teamvak mi seguidor Nº1 y para un amigazo: Fer

Puto Número 1 (el francés)
Era la época del colegio (las mejores cagadas y anécdotas están siempre relacionadas con éste) Es un saber universal que en el santísimo se encuentran perras en cantidades insospechables. Pero como consecuencia surgen los trolos, tal vez para crear un balance. Uno de ellos iba con nosotros a natación. Un día normal llega tarde el susodicho y me toca en el mismo andarivel que a él. Ya había rumores que se la comía, pero yo intenté ser tolerante y fingir que no me importaba para nadar tranquilo. Cuando yo salía el volvía así que fueron pocas las veces que nos cruzábamos, y en esas pocas me preguntaba cosas simples como de donde soy, cuanto calzo de pata de rana, y cuanto de zunga. No mentira, cosas simples, pero digamos al tercer cruce me pregunta por los bíceps. Yo iba al gimnasio por eso tenía los brazos “hinchados”; lo único que marqué ahí fueron tendencias, pero nunca un puto músculo. ¿Vas al gimnasio? – Sí. –¡Qué brazos tenés! –¡Viste boludo, y hace 2 meses que estoy yendo nomás! –¿Puedo tocar? –Dale... En ese momento levanto la vista y veo absolutamente a todos mis compañeros con una mezcla de asco miedo y morbo en sus rostros, y el puto chocho de la vida apretando el brazo como si fuera un culebrón africano. Caí en cuenta de lo que estaba pasando y me zambullí en lo profundo. Nadando cual manatí en cautiverio regreso al punto de partida, y me reciben los chicos disparando 10 mil preguntas, ¡Te toco todo!, ¿qué onda? ¿Vos te la comes? ¿Vos sos pelotudo? (esta última se repitió varias veces, viniendo de bocas distintas). Y esta historia termina acá porque si no lo paraba capaz que me apretaba el mús-culo.

Puto Número 2 (el rubio de la cantina)
Hubo otro puto famoso en mi colegio, el rubio de la cantina, que era el que te servía las medialunas. Todas las veces que te la entregaba acariciaba la palma de la mano del comprador provocando un cosquilleo, pero este no se reía. Sino más bien miraba con seriedad, dejando escapar una mueca de satisfacción… Así de repugnante como lo digo. Y adivinen a quien mandaban siempre a la cantina a comprar facturas…

Puto Número 3 (el puto de Pasacalle)
Una de esas fantásticas noches que planeamos con mis amigos ir al boliche de Arroyo Seco. Primero que nada, la infaltable, salimos tarde a la parada y la M azul de calle Oroño no pasó por 2 horas, y decidimos intentar con la M de San Martín que tarda mucho mas porque pasa por todos los pueblos de mierda que quedan de camino. Después de 45minutos de espera yo ya había decidido con uno para irnos a la mierda, a lo que llega el colectivo, y ahí mandé a la madre de cada uno de nosotros allá en por lo menos 7 lenguas muertas y 3 dialectos escandinavos. Hinchados las pelotas y deseando destruir y matar, arribamos al boliche, pasamos y nos dirigimos a la pista principal. Al poco tiempo notamos algo extraño: muy pocas mujeres y menos aún bailando, pero como las presentes estaban aceptables no nos importó. Prenden la máquina de humo y entran a fumigarnos, y cual genio saliendo de la botella (que ningún parecido tenía con Cristina Aguilera) aparece un puertorriqueño, con una trenza que le llegaba hasta la cintura; el loco con perfil de coreógrafo se bailó todo. Junto a él se asomó cada caripela, fue ahí cuando comprendimos que esa noche todos los osos come-masitas cambiaron la sede de Gótika y se reunieron en Pasacalle. Esa noche presenciamos suficientes trave, como por nombrar algunas: el puto que le daba de beber al otro un doctor lemon alejándoselo de la boca para que se derramara, el puto que bailaba el ‘agachadito’ con la mina detrás de sí, un travesti de 30 y tantos, y demás engendros. En la ronda de heteros que conformábamos nosotros en el medio de la pista se intentaba bailar, y en eso, aparece el soplaquenas de esta historia. Ahora bien, tengo que reconocer que el chamuyo fue muy práctico, casi provoca robárselo para practicarlo con alguna mina: se acerca y tropieza conmigo, y aunque no caí me ayuda a levantarme, con una sonrisa me dice, ¡como empujan che! –después ya mas mimoso– “hola, ¿cómo estas?” –a lo que respondo con cara de “esta empanada no es del gusto que yo pedí” le digo alejándolo con la mano– ¡No flaco te equivocaste, yo no soy puto!. Ah ok – y desapareció entre la multitud. Mis amigos se cagaron de risa, pero era envidia creo yo, porque a ellos ni los putos los chamullaban.

Hay sin embargo un muchacho (varios saben de quien hablo) que merece un posteo completo, porque de no hacerlo estaría restándole importancia a su figura, pero eso será otro día.



lunes, 5 de abril de 2010

Camino al colegio con mi vieja

Antes de iniciar la abrumadora tarea de relatar por escrito una nueva aventura de mi juventud, quería mandarles saludos a todos los amigos que recibieron en sus hogares con los brazos abiertos la visita del gordejo pascual.

Muy bien, hoy es el turno de una historia que quedó grabada en mi memoria como uno de esos momentos de vasta felicidad que a todos nos toca vivir. Todo comenzó una mañana de día de semana, aunque no estuvo ligada a la recurrente rutina colegial. Por lo general, mi viejo nos levantaba a mi hermana y a mí, desayunábamos con calma y tranquilidad, nos preparábamos y después él nos despachaba en la puerta del colegio. Pero no ese día. A mi papá lo habían llamado para una cirugía bien temprano y mi hermana no estaba, por no sé que proyecto. Irrelevante el porqué de su ausencia pero no el hecho en sí, ya que quedé librado a mi propia suerte. No tuve problema, seguí todos los pasos necesarios para salir decentemente de mi casa y dirigirme al colegio cuando escucho que mi vieja, ya despierta, me dice “te llevo”, y seguramente ustedes saben cuan agradable resulta el transporte público y mas aún a la mañana…
Levamos las anclas e iniciamos la travesía en nuestro galeón, el duna; es fija que hay muchos boludos sueltos en las calles y parece que mi vieja los atrae como mierda al excremento, y en cada encuentro la encargada del timón (o volante) no obvió una sola puteada del diccionario aprobado por la Real Academia Española para referirse a estos sujetos (todo esto por supuesto con las ventanillas altas de forma que nadie mas que yo pudiera escucharla). También debo mencionar que hay un tick que caracteriza a mi mamá que es el de señalar con el brazo completo y el dedo índice a la primer boludez que le llama la atención en vez de orientar al oyente de alguna otra forma, sacando así el exceso de mucosidad de mis fosas nasales. Ya estando a no más de 5 cuadras del colegio, mi expresión cargaba consigo una mezcla de tonos de agonía, agotamiento, incomodidad y un manantial de entusiasmo por incorporar nuevos conocimientos en el colegio ese día.
Estaba prendida la radio pero con este circo no podía escuchar lo que estaban diciendo, a lo que se cruza un ciclista, hecho que acrecentó la furia y los gritos de ella. Ya buscando algo de paz apagué la radio y traté de buscar refugio en algún recuerdo de mi infancia de inyecciones para una vacuna tamaño XXL en mi espina dorsal. De repente el epicentro de los gritos paso a ser yo. “¡¿Por qué apagaste la radio?! Prendela y ponela en la estación que estaba”; la mandé ligeramente a cagar, a lo que desaforada frena el auto de golpe y me da 2 opciones a elegir, 1) que hiciera lo que me dijo, ó 2) que me bajara del vehículo. Sin pensarlo dos veces me bajé y cerré de un portazo… ¡¡era libre al fin!! Pero esto no terminaba ahí, continuaba con el “Round Two, FIGHT!”. Por dos cuadras enteras me sigue con el auto, a paso de hombre digamos 5km/h, desde el auto tocándome bocina, sinceramente no sé que esperaba que hiciera yo. Eventualmente desistió, por causa del ridículo o por haber fundido la bocina, pero yo continué mi camino con la mirada fija al horizonte y llegué a tiempo al colegio evitando otra tardanza.
Cuando revivo esta anécdota con mi familia mi vieja, aún hasta el día de hoy, me sigue viendo como un criminal. Nunca me voy a olvidar de la felicidad y plenitud que sentí al caminar hacia el colegio… nunca mas se repitió esto en mí.