jueves, 28 de octubre de 2010

Mala leche, desahogo y brutalidad

Saludos mis seguidores del holocausto mental de estos tiempos violentos. ¿Qué decir? Extrañaba publicar en el blog, y es que en los últimos meses estuve ocupado, como se notará en la regularidad con la que empecé y la que sostengo hoy en día. Pero ahora que la tormenta pasó seguro volveré a deleitarlos más seguido. Hoy les dejo estas 3 historias random y me despido hasta la próxima vez, yo mientras tanto procuraré volcar mis más recientes experiencias al papel.

El perro camino a Pompei y la perra de Mara

Es cierto: una vez cada tanto se presenta uno de esos días en los que deseas convertirte en topo, cavar un pozo con tus pezuñas y refugiarte bajo tierra hasta que la jornada culmine para hacer un nuevo intento el día de mañana. Pero también es cierto que hay días buenos. De esos que te levantas y no sabes cómo pero te sentís en armonía con vos mismo, los problemas que te taladraban día y noche la cabeza pasan a segundo plano, tenés la autoestima por los cielos y en tu mente se repite la frase “cuidado carajo que vengo yo”. Las banalidades de la vida diaria están ausentes y el eje de tu vida una vez más sos vos. Así arranqué el día no hace mucho. Me levanté temprano para llevar la bici a la bicicletería. Un día soleado perfecto, en el taller me atendieron rápido y sin boludeos (casi, como si buscaran hacer bien su trabajo), y ya que el arreglo no tardaba mas de media hora, me fui a cortar el pelo. Caminando, pecho afuera y frente en alto, elevé mis expectativas de lo que el día me depararía, mucho más cuando un resplandor llamó mi atención, y al acercarme comprobé que era una moneda de un peso. En medio de tanta exaltación de mi ego veo un caniche minúsculo y pedorro que aparentaba ser un perro guardián. Cuando paso por la puerta de la casa que este Cancerberos tan celosamente protegía, me advirtió con unos chillidos agudos e intermitentes que simulaban ser ladridos, y sin pensarlo 2 veces se me prendió del tobillo. Claro que a través del vaquero y con esa mandíbula de juguete ni lo sentí, pero la actitud es lo que molestó. Para deshacerme de esos 5 kilos aferrados a mi pierna, me sacudí violentamente, como un potro salvaje. El bicho después de “ahuyentar al intruso” volvió lo más pancho al pórtico, satisfecho. La puteada que le dediqué, para no patearlo, se escuchó hasta la esquina donde un pibe estaba esperando el bondi y había presenciado la escena. Su disimulo mal disfrazado evidenció que se estaba cagando de la risa, y como no hacerlo: que un perrito insignificante se le haga el malo a un oponente mucho más grande, hasta a mí me causaba gracia. El resto del día fue simplemente normal. Ese animal fue un enviado, de allá arriba, para que yo entendiera bien como es el orden natural del mundo. La moraleja: no importa cuan bien empiece tu día, de una forma u otra se va a ir al carajo.

También estuvo aquella perrita miserable que pretendió atacarme. En las épocas en que la legendaria banda Necrotonia que formamos entre amigos practicaba en La Nave (sala de ensayo manejada por 2 tortas). Tras salir de la sala y esperando en un pequeño patio al aire libre reuníamos la plata para pagar las horas, a lo que la mascota de la torta alfa se hace notar incesante e incansable a los ladridos, cual copia de los perritos de juguete que venden por la peatonal. Después de unos minutos me pudrió y traté de que se callara desafiándolo con mis propios gruñidos que justo acababa de practicar hacía unos minutos. Solo bastó uno largo y 2 cortos para derrotarlo. Como todo mal perdedor quiso cambiar el resultado tras finalizado el combate y se me enganchó del tobillo. Entretenido, lo sacudí un poco hasta que la dueña lo llamó y éste destrabó mandíbulas. Es siempre interesante cómo el choque entre un animal no domesticado y un perro, deleita, pero más que nada, avergüenza a sus espectadores.

El origen

Algo que no muchos saben es que un principio la relación con mi vieja no era como la presente. Incluso nos tolerábamos. Dentro de lo humanamente posible, claro esta. Pero por razones que hasta hoy en día parecían escapar a toda lógica, encontré dentro de mí la respuesta durante un viaje reflexivo. Siempre odié los almuerzos en familia del fin de semana. Más allá del ritual de carne al horno con papas, que aprendí a aceptar, disfrutaba charlar en familia, sin embargo siempre estaba presente en el ambiente un sensación de peligro inminente que surgía con un “¿te acordás la vez que...?” y terminaba en discusión a los portazos, gritos y todos más que exasperados. El eje temático de estas charlas giraba en torno a mí y siempre concluía efectivamente que yo era el causante de todo malestar, vergüenza, y/o sufrimiento de ella y por ende de la familia. Luego de este agradable cuadro de domingo por la tarde salí a caminar, como suelo hacer, y tal vez por iluso o masoquista comencé a pensar en la situación anterior. Vinieron a mi cabeza como un flash varios recuerdos al hilo. 2 episodios en particular me hicieron caer la ficha.
Un día mientras hablábamos, de vaya a saber qué, me mira de arriba abajo y tras notar que ya tenía pelo en varias partes del cuerpo y la voz me había cambiado, con los ojos vidriados y la voz entrecortada me dice: “¡vos no sos más mi bebé!”. Ciertamente algo muy meloso y pelotudo pero válido. Aunque se notaba que estaba dolida como si hubiese sufrido algún tipo de mutación o me hubieran diagnosticado alguna enfermedad incurable. Después me abraza y me repite suficientes veces su mantra “quiero de vuelta a mi hijo”. A lo que le contesto “¡bueno, cagáte porque esto es lo que soy ahora y no hay devoluciones!”. Tremendo.
Por lo que nunca hallé perdón (ni tampoco lo busqué) eran características de mi personalidad cuando era chico, cosas por lo que ninguna persona puede guardar rencor. Todo se resumía en una frase “vos me arruinaste la vida, me hiciste morir (veo que no hice un buen trabajo, debo agregar): de chico eras antisocial, me llamaban del colegio siempre, divulgabas todo”. Antisocial, sí. Siempre me peleaba con chicos más grandes por boludeces, por supuesto. Pero de boca floja no tenía nada, por ejemplo, dada la ocasión en que teníamos que juntarnos para hacer algún trabajo en casa de alguien yo ya tenía que negarme a ofrecer mi casa porque mi vieja no quería que llevara a nadie. Tantas veces quedé mal que terminé poniéndola en evidencia en una reunión de padres enfrente de la maestra, compañeros y padres. Valió la pena. La última consiste en que no nos íbamos de vacaciones porque yo me llevaba materias a rendir, y como “había que vigilarme para que estudiase”... nunca nos íbamos de vacaciones. Ridículo.
Todo esto que cuento parece insignificante a estas alturas, pero cuando te lo echan en cara por tantos años, llega a perturbarte. Sin embargo ahora que soy grande entiendo que mi vieja sufre de algún tipo de demencia con tintes de Alzheimer, llámese menopausia, o lo que fuere, así que ya no le doy más pelota. De todos modos, cada tanto hablamos cuando hay coherencia de por medio. Y como nota final cierro este apartado con un pensamiento: llegado el día en que mi vieja tenga alguna una emergencia médica (Dios no quiera), yo vivo con auriculares a todo lo que dan, no sé manejar, ni sé el número para llamar a Urgencias.

El grano subcutáneo

Todos los días se aprende algo nuevo. En unas horas nos íbamos de vacaciones a San Bernardo en familia, y yo no podía estar más contento, ya que hacía varios años seguidos que las vacaciones resultaban ser un fiasco. Pero esta vez prometían ser diferentes. Lo único que me molestaba era un grano subcutáneo en la cara, de esos que duelen un montón y no tienen punta para apretarlo, que no me dejaba dormir porque el solo contacto con la almohada irritaba. Frente al espejo del baño comencé el tratamiento apretando el granito para que apareciera una punta. Falló. Me lavé la cara e hice un par de intentos nuevamente, sin resultados. Después tuve una idea genial: usé un alfiler previamente esterilizado con alcohol para perforar la carne y llegar al cúmulo de pus cual excavación en búsqueda de petróleo. Me sorprendió que no me doliese y por un momento creí haber sido demasiado bruto, pero esa sensación desapareció al instante que me vi reflejado en el espejo con el alfiler clavado en mi mejilla derecha como un muñeco de vudú extremo. Fallido mi procedimiento quirúrgico casero, me fui a dormir, derrotado y con la cara toda roja. Al día siguiente, me levanto y siento la cara adolorida, voy al baño y el fantasma de la opera me devuelve la mirada, parecía como si me hubiesen extraído una muela del juicio. Comprendí que iba a ser un monstruo durante mis días de relax, pero asumí la responsabilidad por mis actos y me la banqué, aunque al principio pensé en disfrazarme de Buckethead para pasar desapercibido. Durante el viaje llovió 9 de los 11 días, así que nada de playa. Todo el tiempo en el hotel, en la pileta con jacuzzi, o paseando por el centro. En fin, a los pocos días mi viejo viendo que ya era hora de drenar la zona (me había crecido un pezón en la cara), me dice que intente reventarlo y me da unos antisépticos y una curita. Con los medicamentos en mano y un poco de estómago ejercí fuerza en la zona. Si alguno vio la conocida escena de esa malísima película, Hostel, puede tomarlo como referencia, pero la realidad una vez más supera a la ficción. Al menos 4 colores en distintas tonalidades había en la mezcla que emergió de mi mejilla. Pero al fin volví a ser yo, y después de recobrar la compostura me comí una porción de lemon pie que compró mi viejo. Todos los días se aprende algo nuevo, muy cierto: si te sale uno de esos molestos granitos, no lo toquetees. Las vacaciones en sí estuvieron muy buenas, esto fue solamente un bonus.


viernes, 10 de septiembre de 2010

Apendice del post anterior

Por lo que estuve charlando con mi staff de feedback, caí en cuenta que obvié muchas historias pertinentes al tema “boliche”, y lo reconozco porque esta en todo hombre la capacidad de aceptar sus errores. No llegaron aún los resultados de la biopsia, pero doy fe que soy un hombre. A pesar de todo lo que van a leer son contadas las veces que me puse muy en pedo e hice un desastre, pero obvio, que esas pocas veces tienen que ser inmortalizadas no solo en la memoria de los perjudicados, para que se entienda que beber es algo que se hace por gusto y no por el hecho de alcanzar ese estado risueño.

¿Por donde empezar? Por el principio dijo uno. La primera vez que hice el ridículo por mi estado de ebriedad. Casa del Iano. Tenía 15 años, y era esa época, la que gracias a Dios mi cerebro se ocupó de enterrar bien en el fondo de mi subconsciente: el heavy cabeza. Nos juntábamos a comer un asado y tomar unas birras en el quincho de la casa de este muchacho con los compañeros de curso del colegio. Estaba llegando tarde, vaya a saber uno por qué, pero así era. La cuestión es que me perdí la parte de la comida y la charla pacífica, pero llegué a tiempo para el alcohol y como venía acelerado pensé que tenía que ponerme al tanto. Entro, saludo y me dan un vaso de chopp, y mi amigo Javito me sirve sin espuma una pinta de Quilmes, a lo que yo respondo a su amabilidad con un brindis y fondo blanco, pidiendo otro más. Por aquellos tiempos no venía con ese gusto frutado propio de una cerveza artesanal o esa similitud a otra cerveza como si de un tambo popular se tratase para abastecer a todas las marcas de cerveza con una misma bebida como viene hoy en día. El 2do jarro baja por mi garganta de un sorbo y aunque la cara de preocupación del anfitrión al tener una premonición de cómo continuaría la noche parecía no importarme, mi vaso nunca estuvo vacío por mas de 1 minuto. Luego del sexto me creía Superman y estaba convencido que mis 4 estómagos se ocuparían del asunto en algún momento distante pero súbitamente mi perdición arribó. Una jarra de litro y medio aparece y la propuesta no se hace rogar: ¿porque no hacemos un trago acá? Gancia y SevenUp era la receta pero un gil creyó que era vivo y le puso Ron cuando nadie estaba atento. En ese estado yo articulo pésimamente un, “¡a que yo me lo bajo entero de una!”; los ojos de Javito se iluminaron y me arrimó el balde. Tomé aire y comencé a tomar; a los pocos segundos no quedaba líquido en el balde… Acá termina la historia. Al menos en mi caja negra no hay más video. Pero las malas lenguas comentan cosas como: “estabas sentado en una de esas sillas plegables, de las que es imposible caerse y vos te caíste al menos 4 veces” “¡fuiste corriendo hacia la pared y quisiste matar una filita de hormigas que tenías delante de tu cara y después de 20 intentos no mataste una!” Revoqué las paredes y pulí los pisos con vomitada entre otras acciones desinteresadas por lo que conseguí que me prohibieran la entrada a su casa por un año.

Algunos momentos de oro, como los Nafta Súper que solía tomar en Pasacalle y demás boliches. Tiene “un no se qué” que seguramente es nafta súper del tanque del fitito estacionado en la vereda de enfrente y Blue para que adquiera ese tono azul fosforescente, pero eso me inspira menos confianza aún. A pesar de esta descripción que les proveo yo elegía este trago por su efecto inmediato el que funciona así: Se toma de un solo trago porque es asqueroso, sin hielo, porque la idea es que pase rápido. Ni bien sentiste el gusto viene la peor parte, la saliva que se genera en ese momento (rebalsando tu boca) es mas amarga que la hiel y no podes tragarla porque provoca arcadas, así que hay que escupirla. Tal y como hay un procedimiento para tomar un Toc Toc, acá les dejo mi método.

Otro momento increíble fue cuando fuimos unos amigos y yo a Pasacalle, hace un año y un poco más. Para ese entonces yo estaba atrás de una mina que me gustaba y tenía el dato que esa noche ella iría al boliche, pensé, me acerco a hablarle y tomamos algo. Me alejo de la ronda de bailes ridículos y de compromiso que desplegamos en toda salida con los chicos, y me dirijo hacia ella y su grupo de amigas. Me saluda con una sonrisa y un beso, me presenta a las chicas que estaban más cerca, y después de cruzar dos palabras la invito a tomar algo, me dice que no por el momento porque estaba con sus amigas y mejor más tarde. Ok, vuelvo con la frente en alto hacia la ronda que en cuanto me acerco se alborotan cual grupo de abejas protegiendo el panal y me atacan con preguntas ¿Quién era? ¿Qué te dijo? ¿Qué onda? ¿Ganaste? Ni sacado de un episodio de Will and Grace una reacción tan marica, desconcertado les digo, ¡¿que carajo hacen, bailen mierdasss?! con lo que les hice entrar en razón y volvimos a nuestro baile hipnótico y monótono. Momentos así son como la mayonesa en cada plato de arroz quemado, no tapan el mal sabor pero lo hacen bastante pasable.

Como obviar dentro del top10 momentos clave como lo fueron la vez que nunca sucedió: aquella en que por obra y gracias del señor no pasamos a Séptimo Cielo y nos tuvimos que volver. Si habré escuchado calumnias sobre este boliche. Después de hacer cola por 1/2 hora sale el patova mas sincero del mundo y nos dice, “bueno gente, de acá para atrás no entra más nadie, no hay más espacio adentro” en ese momento 4 de los 6 que fuimos estábamos en nuestro propio séptimo cielo.

En otra oportunidad en que fuera el aniversario de Pasacalle y el embajador de la pelotudez, acá presente relatando lo sucedido, llevó una remera sin mangas, aún bajo la advertencia del sentido común que básicamente establece que no calificas para ingresar a un boliche si vas vestido con esas fachas (también se aplica para los pantalones de jogging). Una vez allá tras hacer la cola el patova no me deja pasar, como era de esperarse y yo habría quedado de garpe como un nabo de no ser porque te daban la remera del aniversario con la entrada. Pero al no dejarme pasar, no podía acceder a ella, situación que trate de explicarle al gorila que vigila el ingreso al establecimiento pero resultó inútil, y para colmo no tenía crédito en el celular para pedirle a uno de los chicos que me diera su remera y después arregláramos adentro. Y sí, si uno se esmera, el trámite más simple del mundo puede resultar un parto. En una de esas aparece un pelado de traje con pinta de mafioso y flor de gato a su lado, tenía pinta de ser el dueño en fin, le pedí que me diera una mano y él, muy amable, entró y me dio una remera. Me cambié en la entrada e hice la cola (no había cola en realidad, estaba yo solo esperando que el patova se dejara de hacer el pija), y después de un rato se arrima el mismo pelado y le hace señas para que me deje pasar. Moraleja, soy un boludo, y el 90% de los pelados son capos.

Pasacalle puede ser sin lugar a dudas el boliche que más recuerdos me trae, sin dejar de lado a Ipanema donde voy a estar sacándome fotos, y firmando autógrafos este verano, y para alguna afortunada señorita realizaré mi danza de apareamiento. Como venía diciendo, ninguna fiesta de los ‘80 y ’90 superó a la de aquel domingo, y yo que pensé que como era un domingo nadie iría. Estaba asquerosamente equivocado. Si bien es verdad que al principio no había mucha gente, de a poco se fue llenando: el mar de perras veteranas, la verdadera música bailable con temazo tras temazo sin darte respiro, los tragos, el ambiente festivo... insuperable. Y yo empapado literalmente de autoestima bailé toda la noche y hasta que el boliche no cerró no nos fuimos, cosa que jamás se repitió nuevamente. Espero que hoy en día siga siendo lo que una vez fue. Dentro de poco iremos a comprobarlo, yo y mi otro yo.

Bueno y para ir cerrando, recuerdo otra de esas veces en la que me lucí por mi falta de criterio al beber. Nos juntábamos por primera vez con los del grupito del 1er año de mi carrera, pero no nos conocíamos tanto, al menos yo no a ellos, pero me cayeron bien así que asistí a la reunión. Nos juntamos en casa de uno de ellos a hacer la previa, a la cual las chicas llegaron tarde, así que los 3 que estábamos empezamos a tomar. Yo soy un tipo cervecero, me sacan de eso, y te tomo Dr. Lemon, tal vez algún espumante como mucho, y rara vez algún trago pero como soy fiel a la cerveza, tomo con el ritmo en que suelo tomar esta bebida derivada de la cebada. Grave error. Había Frizeé Blue, y yo le dí nomás mientras hablaba y los que me conocen saben que soy vueltero y me distraigo con la charla, así que también creí que eso me ayudaría a medirme. No fue así, pero todo estaba bien hasta ese punto. Antes de irnos, el dueño de casa prepara un trago (asumo que un cóctel de molotov) y me dice, “éste lo hice especialmente para vos fede”. Después de ese brebaje, enfilamos para Listen, pero como me agarró hambre me fui a comprar un sándwich. En fin, una vez adentro del boliche seguía bastante rescatado a pesar de que todo se movía. Me las arreglé bastante bien para bailar y exhibir mi repertorio de bailes “quemo”. 2do grave error: seguí tomando no sé qué dentro del boliche y aunque me servían, yo no pensé en rechazar la oferta. Hasta acá los detalles se vuelven borrosos pero recuerdo levemente las secuencias. En un momento que vuelvo del baño me sentía muy mal y el patovica que me ve, en una toma fugaz de karate me hecha a la mierda del boliche y cierra la puerta. Hice mis asuntos afuera y me quedé sentado como el muñequito de la tapa de Issues, el CD de Korn, misma posición y expresión. De repente se abre la puerta y me dejan entrar de nuevo (por lo que me dijeron tuvieron que insistir mucho para que esto sucediera), agradeciendo el gesto con palabras fuertes yo insulto claramente al patovica, de lo que inexplicablemente salí ileso. A partir de aquí, le vomité el pie a una de las chicas y mas tarde cuando me di cuenta de que se había ido hacía ya mas de ½ hora la puteé también a ella de arriba abajo. Tal vez haya mas detalles, pero ya se hizo larga la historia, lo fundamental es que siempre hay alguno que termina destruido. Me alegra haber sido yo, porque el primer día de clases cuando volví a la facultad, todas las chicas me conocían, y mal que mal, prefiero ser un boludo conocido a un completo injunable.


lunes, 6 de septiembre de 2010

La bicicleta y los boliches

Creo que el día más feliz de mi vida sin rivales por el primer puesto fue cuando adquirí mi bicicleta playera, desde ese día nada sería igual. De los momentos más emotivos y recordados desde entonces, ella fue partícipe y cómplice quizás. Ya relaté anteriormente mis aventuras en los recorridos ciclísticos, pero no conté momentos cumbres como los que debajo pasaré a desarrollar. Que sea de su disfrute, y sino hay muy buenas ofertas en el mercado de artesanías hippies. Este post va dedicado para mi hermana que ya le entregaron el título, y para todos los amigos que se vieron afectados por mis descuidos. Al señor teamvak especialmente, prometo esforzarme para escribir al menos dos veces al mes.

A la semana y media de haber instalado mi nueva placa de video, la fuente se me quemó por vende humo, decía tener mas capacidad de la que en realidad tenía. Y yo entré en estado de pánico, o lo habría dicho de nos ser porque la llevé al servicio técnico. El problema radicaba e n que mi viejo no podía llevarla, mi vieja ausente, y yo no sabía como transportarla. Me jugué y tras meter el gabinete en la caja de cartón en la que vino cuando la compré, la até firmemente a la parrilla de la bicicleta con una soga elástica. Portaba los testículos en la garganta también por temor a que el menor freno o falta de equilibrio permitiera que mí preciada PC se hiciera añicos contra el pavimento. Todo resultó bien y fui feliz. Y siempre pude utilizarla como medio de transporte para ir al supermercado o al quiosco a comprar unas cervezas (generalmente uso una mochila, pero tras un arduo entrenamiento he perfeccionado mis habilidades y por mas que sufra por el bienestar de los envases, puedo llevar hasta 3 porrones en las manos y manejar al mismo tiempo), hacer mandados, para llegar a hasta la casa de mis amigos, ir a la facultad, laburo, gimnasio, natación y para las más indecentes propuestas de fin de semana. Un día tuve que pasar a buscar los envases que aporté la noche anterior cuando nos reunimos en casa de un amigo y había sobrado una Quilmes ya abierta que no teníamos como taparla. La cuestión es que la tuve que llevar en la mano, cosa que no me molestó, estando alrededor de 30 cuadras con un porrón de litro en la izquierda y el manubrio en la derecha, lo que me asemejaba a un croto de barrio levemente mejor vestido.

Los boliches
Haciendo un recuento de las veces en las que tuve que entrar a un boliche y no estaba realmente muy pendiente de mi aspecto o la imagen que proyectaba, lo cual no es necesariamente algo malo, éstas siempre resultaron en detalles risueños de esas noches y quedaron grabadas para la posteridad, en la memoria mía y de mis amigos también por supuesto. Como esa noche en que fuimos a Eme y yo salía de laburar alrededor de las 23hs. Después de estar tanto tiempo sentado tomando llamadas nada mejor que una fruta, pero por cuestiones de horario mi descanso no fue suficiente para disfrutar de ésta, así que la guarde en mi mochila y me olvidé. Una vez ya en la cola con el DNI en mano, regocijándome de todos los menores que intentaban convencer a los patovicas de tener edad suficiente para ingresar cuando resultaban ser imberbes de menos de 17 o menos, el morocho me tantea la mochila y logra identificar que era un alimento. “¿Qué es esto pibe, una manzana? –Sí, recién salgo de laburar y no me la pude comer todavía”. El patova gustoso me abre camino a medida que contiene su risa por la situación poco corriente. También estuvo esa vez en que me invitaron a Moore y dije que no podía porque viajaba al día siguiente, aparte estaba algo desarreglado, no estaba bañado y andaba con ropa de entre casa. ¡Faltaba más! Pasé de la previa y terminé pasando sin pagar con un free que me facilitaron. No se si se comprende, estaba con ortodoncias, lentes, y un buzo polar bien berreta, de esos que se consiguen en oferta en los supermercados. En contadas ocasiones fui en bicicleta, por ejemplo al cumpleaños de una, hoy en día distante amiga, no recuerdo en cual boliche y la até con linga a un árbol de la vereda de enfrente pero estaba bien vestido. Incluso en bici he ido a bares como el Indians, y a recitales, sin duda alguna que la vuelta a casa se veía siempre comprometida por causa de las alarmantes cantidades ingeridas de alcohol de aquellas noches.

Un día en la bici
Un día común como todos los que abundan en mi cotidianeidad, había hecho planes para encontrarme con un amigo que debía pasarme a buscar por mi casa y de ahí iniciar el recorrido en bicicleta rumbo a la nada distante en el horizonte. Como dije antes un día común el que implicaba dejar una riña pendiente con mi vieja, pero cuando me pasaron a buscar me olvidé de ello y partí hacia el Emporio de las Golosinas. Cuando volví dejé unas cosas y salí de nuevo a lo que mi vieja salía con el auto, probablemente camino al cine. Ya a unas cuadras de distancia íbamos charlando con mi amigo y reconozco el auto de mi familia, al escuchar los bocinazos y los gestos del conductor para llamar nuestra atención y saludarnos. ¿Con qué objeto? pensé yo y le hice el gesto de “¡tomatelas!” con la mano aunque de mis labios se escapó un discurso algo más extenso. Acto seguido, ella acelera con violencia y saca la mano por la ventanilla levantando únicamente su dedo medio, con lo que mi compañero de andanzas se desternillaba de la risa al comprender de quien se trataba. “Tenes que ser muy gil para que tu propia madre te haga fuck you” calculo que diría el espectador de este suceso pero no es mi caso: es nuestra forma de comunicarnos. Un hábito catártico, o tal vez cóncavo, (no recuerdo bien cual de las dos palabras era) pero esto representa un nivel de comunicación mucho mas profundo que el simple articular de palabras, pensamientos y sentimientos.

El primer boliche
Hablando de boliches todavía recuerdo la primera vez que pasé a uno. La Roca estaba ubicado sobre calle Oroño en la esquina con alguna otra que no recuerdo. Calculo que ya habré tenido por lo menos 15 o 16 años por ese entonces, y decidimos salir al boliche 2 amigos y yo. Antes de ir a la cola se nos da por ir a comprar unas birras, pero el del quiosquito nos dice que no podía vender más porque estaba cerrando, a lo que segundos después se acerca y nos dice en secreto que si queríamos ir a tomar el nos vendía pero teníamos que ir a su casa... a lo que sin pensar demasiado aceptamos y lo seguimos los 3. Ahora bien, desde chicos nos enseñan que si un extraño nos ofrece algo a cambio de que lo acompañemos, uno se niega y paso seguido se aleja, ese sería el proceder más racional. Yo tenía un mal presentimiento porque quien te dice que el tipo no sacaba una pistola y nos afanaba o peor aún nos hace picadillo y terminamos embasados como latas de atún. Por suerte no fue a mayores y solo nos vendieron cerveza que consumimos ahí, con otros 2 morochos de nuestra edad o quizás mayores. Antes de irnos lo saludamos a gritos desde la otra vereda de forma que fuese obvio que lo conocíamos. Una vez dentro éramos larvas, el ambiente era para gente mayor y muchos eran negros. Uno de los chicos que era más osado intentó chamullar un poco pero tras varios rebotes al hilo se dio por vencido y regresó con nosotros, quienes permanecíamos en un rincón alienados de la multitud. Pioneros en nuestro campo nos fuimos del lugar a la hora sino antes ya que la noche fue del boliche puertas adentro una cagada, y puertas afuera demasiado arriesgada. Con el tiempo y por las circunstancias logramos perfeccionar la técnica de escape de un boliche, conocida como “che, nosotros vamos al baño” ¿Quien diría que años más adelante nos acostumbraríamos a repetir este método noche tras noche en boliches random de la movida rosarina y sus alrededores? Por algo será que en la actualidad seguimos saliendo, aunque no sabría identificar este patógeno en nuestro comportamiento reconozco su existencia y en ocasiones maldigo su nombre.


domingo, 8 de agosto de 2010

Secretos de una mente peligrosa

Ya es hora de un nuevo capítulo de esta historia atrofiada que es mi vida. No me decidí por un tema en particular para esta ocasión sino más bien por una recopilación de ideas que tuve en mente hace tiempo. Éstas se infiltran en mi cabeza, y detonan una serie de bombas en mis neuronas permitiendo la sinapsis. Hace unos días charlaba con unos amigos y recordé la página tusecreto.com donde el visitante deja un mensaje anónimo aclarando su edad y sexo y cuenta cual es su mayor secreto o algo que nadie sepa de sí. Por supuesto, se dice que varios son pura mentira (a mi me gusta creer que todo lo que leo ahi es verdad). Bueno yo hoy voy a contar mis secretos; algunos son bien sabidos pero hay otros que serán revelados aquí mismo por vez primera. Algo arriesgado porque muchos saben mi identidad, lo sé, pero sinceramente no me interesa.
  • No puedo orinar si alguien esta cerca de mí, por más que haga fuerza no sale. Es fija. Me muero de ganas de mear pero no logro prender la manguera. Más que nada en el boliche que tenes un patoba mirándote de reojo, pero también en el casino y la calle, sin el cubículo ¡es imposible! Y eso que me meé en la cama hasta los 7 u 8 años.
  • Cuando era chico me tocó ir al pediatra para hacerme un par de análisis. Habré tenido un poco menos de 9 años de edad. Era una mujer de 30 mas o menos pero bonita. Estatura, peso, estetoscopio, presión, y nada más pensé yo. Al rato me hace acostar en la camilla y dice, “bueno, bajate los pantalones que tengo que examinar como te esta creciendo el pito, vos no te preocupes”. Las palabras hicieron eco en mi cabeza pero no fue sino hasta que comenzó a palparlo que, sin advertirlo, tuve una erección instantánea. La doctora lo miró e hizo un gesto de aprobación y con un “terminamos” me pidió que me vistiera. Luego de unos años, ya cerca de los 15 me tocó ir de nuevo. Ya no tenía la mentalidad de pibito, y se me cruzaron otras ideas por la cabeza. Mi vieja me había mencionado que había buscado un profesional “para adolescentes”. Para mi sorpresa esta vez el doctor era un viejo de al menos 60 años. Y el bonus de la revisión esta vez incluía palpar los testículos, cosa que no me gustó ni medio, a pesar de que no hubieran anomalías. No sé que pensó mi vieja, pero prefiero que me examine una mujer joven a un hombre viejo...
  • Cuando estaba en la primaria, me gustaba una chica y le dejaba cartitas debajo del banco. La primera vez intenté dejársela en la mochila, y como no sabía cual era la suya le pregunté al puto de mi clase. No tuvo pelos en la lengua en vociferar lo que yo intentaba hacer. La mina me rechazó.
  • Mi vieja tenía la puta costumbre de controlar que yo copiara todo lo que hacíamos en clase. Siempre me revisaba los cuadernitos y las carpetas en busca de espacios en blanco o para chequear que yo escribiera en ellos. Como yo no lo hacía, o no pedía lo que no había copiado, me hacía llamar a mis compañeras (las mas feas) para que me dictaran lo que precisaba. Una vez la madre de una se mofó de mí haciendo referencia a que yo era un vago, cuando me tendría que haber agradecido de rodillas que llamara a su hija así tenía un pseudo contacto con un varón. Mi vieja continuó con este hábito nefasto, hasta 9no año y desistió cuando me volví propenso a llevarme materias a rendir.
  • Cuando era chiquito mi viejo me llevaba cuando salía a jugar partidos de fútbol con sus amigos. A veces jugaba y otras no. En caso de que no, yo miraba el partido con una gaseosa o jugaba con alguno de los pibes que cuidaba autos. Un día (tal vez Seba fuera su nombre) cae con un amigo. El otro, se notaba de lejos que era mogólico, tenía problemas motrices, solo se comunicaba con gemidos y por momentos se babeaba, pero no me provocaba más que pena. Cuando me lo presenta yo lo saludo, el chico se sonríe y se le escapa un chorro de saliva, y se me acerca bastante. Me alejé un poco para verlo más que entusiasmado, y acto siguiente comenzó a correr hacia mí. Mi serenidad mutó en un híbrido de inquietud y confusión para tornarse en pavor. Corrí para alejarme de él pero para mi sorpresa este mantenía la misma velocidad que yo. Llegué a un poste y me trepé de un salto. A los pocos segundos llega Seba a las carcajadas al ver mi reacción y se lo lleva. No me dí cuenta pero ya de grande mostré cierto temor por los discapacitados. Por suerte lo he ido dominando de a poco. No es algo de lo que me sienta orgulloso ni nada por el estilo. También me dan terror los títeres de madera, o marionetas.
  • Todas mis anécdotas empiezan igual, si la etapa más bizarra y entretenida de mi vida fue mi infancia-adolescencia. Con mi viejo tenemos como costumbre los sábados comprar sándwiches de Mamina o pizzas de María Helena, pero antes eran las de la Santa María pero como los cocineros usan queso de un descendiente directo de la cabra del mismísimo Jesucristo, éstas aumentaron exageradamente en precio. Siempre íbamos los 3, mi viejo, yo y mi hermana. A mi papá lo llamaron del laburo y se tuvo que ir por unos minutos dejándonos esperando el pedido a los dos. Se ve que era muy cargoso yo porque a los 10 minutos, le pregunté algo y me dijo para sacarme de encima – ¿che, por qué no haces una cosa, date una vuelta a la cuadra y después venís, dale? Me pareció interesante porque ahí no estábamos haciendo nada. A todo esto yo tenía 7 años, y era de noche por una zona que si bien no era muy jodida, mejor no hacerla solo. Cuando completo la manzana, lo veo a mi viejo que estaba re caliente por haberme ido solo y ya la había retado a mi hermana. De todos modos hubo pizza para los dos.
  • Otra tontería que hacía mi hermana cuando éramos chicos y compartíamos la pieza, era simular que era una especie de árbol parlante y me hablaba. Lo sé, bastante pelotudo, porque creía fervientemente que yo entraba en la joda. Pero el detalle mas importante de este punto no era eso sino que, teníamos un librito para nenitos con dibujos para aprender palabras comidas, colores, formas, etc. El que te enseñaba los colores lo odiaba yo porque era una serie de payasos vestidos con ropas del color que representaban y con nombres bien antiguos, como Antonio, Alfonso u Hortencio. Pero mas me producía rechazo porque para el color negro, estaba un muñeco con una expresión de lo más enfermiza, parado firme mirándote fijo con cara de desesperación (es imposible que lo este inventando, tenía una mueca inhumana) bajo el nombre Gervasio. Muy bien, ahora, ni bien dije que no me gustaba mi hermana escuchó esto y abría el libro en esa página y lo dejaba en cualquier lugar cotidiano de la casa, de forma que yo lo viera, o sino también parado el libro sobre mi cama apuntando a la puerta para que fuera lo primero que viera cuando entrara a la habitación. La foto se las debo porque el libro hace rato que lo vengo buscando pero se perdió con los años, ni bien la encuentre la pongo. Mientras tanto les dejo esta joya (ahora, hay que ser hijo de puta, puse mogólico en el google y el primer resultado fue éste).

miércoles, 14 de julio de 2010

Viaje de egresados a Bariloche

Todo el mundo habla de Bariloche como si fuera la cumbre de su vida, sin éste la secundaria no tiene sentido, una experiencia inolvidable. Sin duda es inolvidable, como la primera vez que fuiste al médico a sacarte sangre y miraste atento como se llenaba la jeringa con tu savia. Desde el principio todo es una mentira, el doble discurso que engendran estos parásitos en pos de sacarte plata es admirable: a los padres, “los chicos van a viajar en las mejores condiciones, van a ser cuidados y controlados por guías turísticos profesionales y nos importa mas que nada que estén cómodos con lo que se acuerda en el contrato, porque sabemos que somos mejor que la competencia”, y a los chicos con un discurso mucho mas breve ya los convencen “chicos, Bariloche es para ponerla, ponerse en pedo y hacer cualquiera, vengan con nosotros que somos mas piolas que los de X compañía”. El costo del viaje asciende cada año de a 500 pesos, llegando a costar hoy mas de 4800 (y pensar que yo lo pague 1200) también están los colaterales como el buzo, las excursiones no incluidas en el paquete, CDs con fotos ‘in-hackeable’ y mural, etc. Con esto no estoy diciendo que el viaje sea malo, pero no es como te lo pintan. Y ahora cuento mi experiencia (¡faltaba más!) en excursiones, boliches y demás chascarrillos de vida y obra mía.

Aspectos básicos
Los padres votaron por la compañía a elegir y ganó Transacontraba, pero no todos quedaron conformes y se fueron con la competencia Travel ‘n’ Rock. Y los 4 porotos con los que yo más me hablaba en el curso se fueron por su cuenta, entre ellos el Iano quien presentó su postura a favor de esta última con un argumento tan convincente que no pude discutirle más, “es fácil, yo me quedo con travel, porque fijate: travel, viaje; rock: diversión, fiesta, minas, música, etc.”. Simplemente irrefutable. Terminé solo con Javito como compañero de aventuras (y otro loco más) pero al toque nos hicimos amigos de los chabones con los que compartíamos colectivo del Superior de Comercio. Con $10 cada día entrábamos a la pieza donde tenían todas las bebidas que metían de contrabando, y hacíamos la previa antes de salir para los boliches. Ahora, de día Javito era él mismo, pero de noche tras un par de tragos encima tenía la particular costumbre de transformarse en una basura. Típico caso en un boliche: íbamos los dos y elegíamos cada uno una mina, iniciábamos nuestros respectivos ritos de apareamiento frente a la chica, que estaba por supuesto alcoholizada hasta el ombligo. Respetando cierta trayectoria yo rebotaba y me arrimaba a la barra aceptando mi derrota sin tomármelo a pecho. Mas tarde se me acercaba y me decía: “¿y, qué tal? –No me dio bola”, cuya respuesta no se hacía rogar cargada de un profundo disgusto y ademanes violentos al susurro de “sos… sos… ¡sos una verga!”. A pesar de repetir esta secuencia todas las noches, cuando se lo mencionaba al día siguiente su mirada atónita era lo único que recibía como si se tratase de una invención mía. ¡Buenos tiempos aquellos! De todos modos, los boliches siempre me colmaban las pelotas a las pocas horas, y terminaba volviéndome temprano. Rescato sin embargo, Grisú donde estuve por lo menos hora y media buscando el baño, y otra hora y media para encontrar la salida de lo intrincado y laberíntico que es; y también Rocket que era otra opción interesante y de categoría. El resto de los boliches eran escoria y a la hora de llegar ya me estaba volviendo en el colectivito de regreso al hotel. Los del hotel unos ídolos: el recepcionista tenía una banda de black metal, muy bien ahí, y los viejos del comedor nos hacían cagar de la risa con las forreadas y cargadas que tiraban cuando te servían, siempre sacando a relucir el defecto mas notorio sin problema alguno. Las excursiones, una peor que la anterior. El culipatín estaba bueno pero hicimos dos o tres vueltas nomás, y con el ski los mismo, dos horas subiendo como mogólicos por el costado de la pista para llegar a tirarse tres veces y siempre algún boludo que no se corría de esta y para esquivarlo te hacías pija vos; la cabalgata más monótona y robótica que jamás tuve el placer de experimentar; la pista de cuatriciclos, un bodrio; la cena de velas con fondue de chocolate, que no contenía verdadero chocolate (después se viene la historia de esta excursión); y el Cerro Catedral, que se yo… me cago en la vista. En este momento si algún pibito/a lee esto debe pensar, “pero vos sos medio forro, no te gustó nada”, a ellos les recomiendo en primera instancia donde se pueden sentar, y en segunda que hablen con amigos mas grandes que ya hayan ido y van a cambiar esa idea ingenua de que el mundo es color de rosa. Es un negocio esto, a tu coordinador le importas menos que su suegra, y te manejan cual cabezas de ganado. También te van a querer hacer llorar en alguna excursión boluda en una cabaña para “que pienses en el sacrificio de tus papas para pagarte el viaje” o “que estos, tus compañeros de curso, son tus mejores amigos y nunca se van a separar”, con el único objetivo de que le compres el CD al guacho que tocó la guitarra. Pura mersa. Lo único positivo en mi opinión fue la fiesta de disfraces, porque pude escapar a esa costumbre perra de que me rebotaran. Yo ya tenía el disfraz de cura en mente, por si ganaba o si perdía, no podía fallar. Tal vez haya sido por el misticismo de averiguar lo que se esconde tras la máscara, o porque era el último boliche al que íbamos a ir y con el temita del disfraz mas los litros de alcohol encima, las minas aflojaron un cachito con las pretensiones. Terminé comiéndome dos, y después de tolerar toda una semana de rechazos me parece que me lo merecía. Ese boliche fue el peor de todos, Genux creo que se llamaba.

La cena de velas
Pero lo mejor del viaje sin dudas fue la cena de velas, o mejor dicho lo que pasó después de la cena de velas (si no me equivoco, ya dije antes mi opinión sobre dicha excursión). Después de comer en una de las cabañas en el complejo donde estábamos, levantaron los tablones y caballetes, y se armó boliche: un par de luces y la misma música del CD compilado que te querían vender a todos lados donde ibas. Lo increíble es que todos sabíamos que era una bosta pero inconcientemente nos tambaleábamos de un lado a otro con la mirada perdida cual zombies de película, en un baile hipnótico y adormecedor. Tuvo éxito, me dio sueño. Me busqué una reposera plegable que casualmente había ahí (¿no les digo que era un lujo?), y me senté un ratito para alejarme un poco de ese circo. También dio resultado, y me terminé quedando dormido, alejado del grupo. Una hora mas tarde mas o menos, me despierto y busco a los de mi grupo para ver si ya nos pasaban a buscar para volver al hotel. Nadie. No junaba a nadie, ni siquiera a los de los otros cursos con los que compartíamos colectivo. Me acerco a uno de los del lugar y le pregunto por mi colegio, coordinador, incluso el Junior dolobu que lo sigue a donde vaya, y resultó que ya se habían ido los de mi colegio hacía un rato. El soplaquenas del coordinador no se molestó en contar a bien a cada uno de los vacunos de su rancho para comprender que faltaba yo. El morocho del lugar lo llama al pascual este y la solución que le da es que me llame a un taxi para volver al hotel. Y así comenzó mi travesía, yendo de cabaña en cabaña acompañado por distintos morochos con linternas guiando mi camino, y todos engendraban el mismo diálogo conmigo: “Así que te quedaste dormido y te dejaron a pata. Exacto mi buen señor, ha-hah. Que pelotudo tu coordinador, pibe. Concuerdo.” Esto se repitió, sin exagerar mucho, al menos 6 veces. Hasta que llegué a la última y me subí al taxi, no sin antes dar las gracias. El tachero parecía saber que algo había pasado y me pregunta. Le cuento, y una vez más el diálogo resuena en mis oídos. Todo en orden, hasta que llego al hotel y había que pagar, a lo que este reverendo hijo de puta ni siquiera tuvo la decencia de dar la cara disculparse y pagar el taxi. Le pedí la plata a un loco de mi colegio, y pagué. ¡Anda a reclamarle al coordinador papá! Ni sé si se la devolvió a la guita al pibe. Pero al día siguiente se me acerca una pelotuda y me acusa de haberlo cagado al pibe. Le respondí con mi ira bajo control, y el tono mas dulce que me salió expresé mi deseo de que su upite quedara completamente desgarrado. Un viaje verdaderamente inolvidable.


lunes, 7 de junio de 2010

Mi vieja

¡Sí, es verdad! Últimamente estuve dejando de lado este espacio, y no por decisión propia sino por simple postergación. Los detalles son algo complejos de explicar. Conseguí un laburo de payaso en peatonal córdoba, donde mi jerarquía en la empresa es inferior a la del zócalo de la oficina de recepción, la paga es en números negativos y los chicos me detestan, pero yo lo hago porque me llena de un grato sentimiento de profundo disgusto. Y a eso me dedico. Pero volviendo a lo que estaba diciendo, de ahora en adelante, voy a escribir cuando se me cante el ojete. No acepto presiones del partido obrero ni agrupaciones militantes como el casi ya disuelto grupo teamvak. Saludos a todos los seguidores; este posteo va dedicado a mi hermana que ya no esta entre nosotros: ¡espero te traiga recuerdos!

Hoy mis amigos planeo deleitarlos con una serie de cuentos cortos sobre las locuras de mi madre. Algunos desubicados dirán o más bien pensarán, ¿por qué decidí escribir sobre los desvaríos de la mujer que me trajo al mundo? Porque no la conocen como yo, y no tienen el placer de tener que convivir bajo el mismo techo.
Ah, y solo una aclaración: Me jode mucho que quieran analizar la relación que tengo con mi vieja: a los psicólogos frustrados, les sugiero que se abstengan de comentar.

Paso a enumerar algunos de sus delirios:
• Compra todo tipo de cucharas de madera, tazones, tablas, ollas, fuentes, y ridículos utensilios de cocina que cuida con recelo obsesivo, y que rara vez usa, por no decir que no los usa en absoluto. El más llamativo hasta ahora son los cordones de goma para atar el matambre. Sublime.
• Hace composta: que consiste en amontonar basura orgánica como yerba, cáscaras de huevo, café, y demás residuos en la tierra, para hacerla más fértil. Estos desperdicios los acumula por tradición en nuestra cocina, donde los alimentos frescos se preparan a la par que estos otros se descomponen, a pocos centímetros los unos de los otros.
• Prende dos radios (en distintas partes de la casa) sintonizadas en la LT8 a todo pedo y se va lejos cosa de no escuchar ninguna de las dos, generalmente apuntando los aparatos hacia el pasillo, el patio o la escalera de forma que toda la casa escuche su programa. No comparte el sentimiento de irritación que genera este método y llega a enojarse si un tercero baja el volumen o apaga tan solo una de ellas. El día que me cruce al conductor, lo voy a asfixiar con una bolsa de La Gallega y le voy a cantar su famosa cortina, copia de reggaeton, cerquita del oído: “Oooh eeh oooh, el chiqui en la ocho llegó”

Hay muchos más pero éstos serían fácilmente identificables en la mayoría de las madres de más de 50, amas de casa y sin un empleo remunerado, y sería injusto de mi parte enumerarlos acá. Así que lo que voy a hacer es contarles un par de particularidades únicas en ella.

• Cuando se enoja corta la luz sin darle mucha importancia a los artefactos eléctricos que están prendidos en ese momento y que puedan dañarse.
• Pide siempre ayuda al momento de bajar las bolsas del supermercado, para hacer la comida, para cualquier tarea y te indica cómo hacerla según su preferencia.
• Al otro baño no llega el agua caliente debido a la conexión. Mi vieja autoproclamada omnipotente no me deja usar el baño que funciona correctamente, ¡porque no!
• No le gusta recibir gente, por lo que me hizo quedar como un pelotudo atómico toda la vida, para que no pusiera la casa como lugar de reunión. Ahora más todavía porque en verano esta genial el patio y el terreno para hacer asados, y no lo permite.
• Cualquiera diría, ¿pero nadie te da pelota, no te podés sentar y hablarlo? Aparentemente no, y menos ahora que mi hermana no esta mas. Mi viejo, que tanto lo quiero y aprecio le tengo, le sigue la corriente a esta lunática sin ponerle un alto...
También hay varios de esta clase pero son ya mas privados y además mi intención es simplemente la de exponer hechos en esta estrafalaria purga. De cualquier manera, yo aprendí a vivir mi vida sin darle mucha bolilla, aunque seguimos con nuestros roces esporádicos.

La vieja de REC
Se comenta en el ambiente under que mi vieja es la vieja de la película REC pero yo puedo asegurar que no porque dicho personaje tiene el pelo largo. Este rumor se origina una noche en que invité a dos amigos a mi casa a tomar unas cervezas. Ni bien llegaron, fuimos a comprar las bebidas a un quiosquito cercano. Esta era la época en que el humo de la quema de las islas sofocaba a la ciudad entera. Cuando puse la llave en la cerradura para abrir la puerta no creí que hubiera nadie despierto, pero ya unos murmullos ininteligibles me demostrarían lo contrario. Giro la perilla y al abrir ese portal a otra dimensión, encuentro a mi vieja que sale en camisón algo encorvada y caminando toscamente (probablemente porque habría estado durmiendo hasta ese momento), con un escobillón de punta en su mano, al grito de “¡Estos entrerrianos hijos de puta!”. Fue algo cotidiano para mí, casi rutinario; no comparten mi opinión mis amigos que en ese instante uno no podía mas de la risa y el otro estaba bien cagado en las patas, ya buscando un objeto contundente con que defenderse. Hasta el día de hoy aún se la puede ver haciendo trabajos de jardinería en mi patio, chorreando brea de su boca y atenta a ver si algún ser desprevenido se cruza en su camino.

Locuras en torno a la Informática
Hubo una época en la que no me dejaba usar la computadora de noche porque, y voy a esforzarme por explicarlo de la misma forma en que se me fue transmitido a mi: “Me mandaron un mail que explica como las computadoras envían ondas que atraviesan las paredes y con la exposición prolongada pueden producir cáncer” Pausa para las risas, mías y suyas también. Esta teoría tiene varios vacíos lógicos en sus cimientos, porque aparentemente ese fenómeno solo sucede de noche cuando uno duerme, el resto del día no tiene efecto. Algo muy simple: lo único que puede ser dañino es el tubo de rayos catódicos, y eso puede afectar tu salud solo si lo tenés permanentemente prendido junto a tu cabeza, cosa que no sucede al haber una pared de por medio.
Algo que mi vieja detesta es que a ella no le funcione algo y al otro sí, y siempre hubo un desprecio hacia mí por tener facilidad en este campo. La guerra constante entre nosotros comenzó cuando descubrió que existen los correos electrónicos, y me pidió que le enseñe. Cosa que hice una y otra vez, durante años. Al principio teníamos dial-up que era una cagada, lento y se cortaba constantemente, y con algo de maña yo escuchaba el sonido cuando marcaba para conectarse y acomodaba la ficha para que conectara. Instantáneamente ella pensó que yo hacía algo apropósito para que no pudiese conectarse a Internet. El colmo fue cuando entre los acaparábamos la computadora con tonterías y ni mi viejo ni mi hermana podían usarla para trabajar. Empecé a laburar y me compré mi propia computadora, lejos el día más feliz de mi vida. Hicimos la conexión y el cableado. Y todo en orden, gracias a un router compartimos la conexión a Internet y la impresora. Los días que uno no se puede conectar por obvio problema de Arnet, mi vieja me quería obligar a apagar la computadora, porque “yo estaba haciendo algo para que ella no se pudiera conectar”. Otro tema es que yo dejo mi computadora prendida siempre bajando archivos, y si alguien recuerda los aumentos de la EPE hace 2 años o menos, que se fue al doble la tarifa de todos los abonados, eso “también fue culpa mía por dejar la computadora prendida todo el tiempo”. Yo hace tiempo que a renuncié a la tarea de ayudar a quien sea en la computadora así que a mi viejo le cae el muerto.

La libreta de Aricana
Recuerdo con un profundo rencor este episodio nefasto de mi adolescencia. A pesar de que por largos años traté de convencerme a mí mismo de que debo dejar pasar los malos momentos, y recordar los buenos tiempos, en el fondo de mi ser, los malos tuvieron siempre mas peso por la gravedad de su naturaleza... Ahora bien, la historia tiene lugar en la época en que asistía a Aricana; habrá sido por el 4to año o 5to año. En la reunión de padres donde se hacía la entrega de libretas, se comentaba brevemente el progreso de los chicos y detalles sobre la evaluación y ese tipo de cosas. Yo particularmente no tenía problemas en estas reuniones, porque en el promedio siempre sacaba buenas notas, y en cuanto a la asistencia mucho menos porque nunca falté. Nunca falté porque mi vieja me llevaba desde el colegio a los pedos por circunvalación tomando la merienda y cambiándome en el auto para llegar siempre a horario, (esto porque los hijos de puta de mi colegio no me dejaban salir 15 minutos antes) y porque por convicción propia no me llamaba la atención faltar. Justamente por eso no me preocupé en lo absoluto. Cuando mi vieja sale del salón con la libreta en la mano me mira con bronca y no dice una palabra, subimos al auto, y me dice: ¡¿por qué tenes 2 faltas?! Y se desató su trastorno mental en todo su esplendor, haciendo caso omiso a mi humilde defensa. Esto fue un jueves, y tuve que esperar hasta el martes siguiente para hablar con la profesora y aclarar todo; en el interín, yo sufrí castigos, gritos a toda hora, discusiones incoherentes. Un fin de semana re contra de mierda, que viví en un campo de concentración, a cargo de Mengele. Cuando fui a hablar el martes con la profesora (cabe destacar que yo me pasaba por el forro de las pelotas el hecho en sí), se disculpa y en el acto corrige las 2 faltas que había pasado mal en la libreta. Lo que putié por dentro no tiene nombre. Llego a mi casa y expongo la corrección, a lo que no obtengo una miserable disculpa ni mucho menos. Nunca lo olvidé, y así fue como años más tarde cuando ya había termino el curso de inglés y se realizaba la ceremonia de entrega de diplomas en el teatro El Círculo, escucho a mi vieja hablar sobre los preparativos para asistir al evento. Ahí nomás, le informo que ella no estaba invitada, de lo que hasta el día de hoy no me arrepiento. De todos modos asistió y presenció el espectáculo. Todos contentos.

Cuando llamó a la cana
Voy cerrando el post de esta fecha con una historia esperadísima por todos nosotros. Para situarlos diré, que mi vieja volvía del supermercado una mañana y ya veníamos con peleas infantiles desde hacía un par de días. Cuando llega yo estaba cagando así que no bajé a ayudarla con las bolsas del super (tampoco me lo pidió). Entonces cuando termino mis asuntos, bajo sin saludar ni nada y me dirijo a hacerme la comida. Estaba la mesa de la cocina llena de bolsas, por ende las corrí cuidadosamente al piso para hacerme lugar. Cuando volteo veo que ella las pone de nuevo sobre la mesa. Yo las agarro y las bajo de nuevo y me empieza a gritar como una desaforada que hiciera lo que ella decía. Y yo la mandé a cagar y procedí con lo mío. Escucho que se va y me quiere partir el palo de la escoba en la cabeza, el cual yo veo venir y lo sujeto firmemente con ambas manos al igual que ella. Y ahí estamos los dos boludos forcejeando con una escoba sin palabras de por medio. Para una postal. Ahí me canso y le quito el palo de las manos sin lastimarla y lo tiro al piso. Ahí se me queda mirando y se va. Habrían pasado unos minutos y la veo cerca del teléfono. Pidiendo un móvil por lo que entendí. Este nunca llegó, lo que me desternillaba de la risa porque a mi mente se arrimaban interrogantes del tipo, ¿qué le habrán dicho, se lo habrán tomado en serio?, ¿cuántos llamados así recibirán por día los de la jefatura? Ahí terminó todo el altercado. A la noche cuando vuelven mi hermana y mi viejo se estaban cagando de la risa, y me contaron lo que les pasó: resulta que mi vieja en uno de esos llamados telefónicos se comunicó con el celular de mi viejo (el que atendió mi hermana, porque estaba en cirugía mi papá), y según me cuentan el mensaje era “¡decile a tu papá que su hijo es una basura! ¡Es un delincuente, y voy a llamar a la policía!” –Bueno mamá yo le paso el recado- dice mi hermana, conteniéndose. Haa... cada vez que recuerdo esta historia se me dibuja una sonrisa en el rostro.


sábado, 22 de mayo de 2010

El amor imposible del Ema + Otra historia de histeria

Antes que nada les pido disculpas por no haberles brindado su dosis de estupefacientes semanal, ya que no dispuse de suficiente tiempo libre como requiere la narrativa de estos cuentos. Pero a no desesperar, porque pretendo enmendar mi ausencia con un doble post que será memorable, así también como una colaboración, la primera de ellas, ya que vendrán más de acuerdo al nivel de demanda. Saludos, ¡live long and prosper!


El amor imposible del Ema

Todo comenzó aquel día del traductor que mencione en la historia de las muelas, un miércoles a la noche, cuando me llama Martín para acompañar a un amigo a debutar. Ya me había hablado de él, así que sabía de su situación. El pibe pertenece a otra religión y fue criado de forma distinta, pero igual me calló bien. Con el correr del tiempo se hizo recurrente en nuestras salidas, dado que laburaba con Marcos, y este lo integraba en el grupo para que socializara un poco. Pero había algo peculiar en su forma de ser, que nos dejaba perplejos ante la imposibilidad de determinar qué era exactamente. Tal vez describiendo las circunstancias entiendan a que me refiero. Cuando salíamos a un boliche, él solía ejecutar una danza de apareamiento similar a la de los pavos reales donde la serie de movimientos y contorsiones que realizaba, eran acompañados de una mirada fija clavada en su pareja de cortejo, y de una serie de acercamientos invasores del espacio personal. Todo estuvo muy claro el día que fuimos de putas los 3, el Ema, yo y otro chabón. Cuando se presentan las chicas, viendo que no había mucha gente nos proponen pasar los 6 en una pieza compartida, (cada cual con la suya, aclaro para los despistados). Yo no tenía problema, tampoco él, aunque al otro no le entusiasmo mucho la idea. Y pasamos, lo más bien cada uno en lo suyo, hizo lo que tenía que hacer. Si miré 2 veces habrá sido mucho. Acá termina esa escena, pero unas semanas después hablando en la fila de un puestito de panchos, estando todos los chicos de la barra, sale el tema a flote. Y uno le pide con tono risueño algún comentario al Ema sobre aquella experiencia, a lo que él responde con una sonrisa que se escapaba de sus labios: ¡no sabés lo que carga este hijo de puta!” (realizando el conocido gesto con las manos, y con suficiente volumen de voz para que lo escuchase toda la cola de clientes y vendedores de la panchería). A lo que todos respondieron con carcajadas y muecas de desagrado. Se ve que se dio cuenta que metió la pata al decirlo y creyendo que yo lo seguiría en su opinión me lanza un: “¿Qué? ¿Vos no me mirabas a mí?” Ese fue el mayor indicio de que el muchacho era excéntrico en cierto sentido. Y había puesto sus ojos en mí. Ya finalizada la oleada de escalofríos, continúo. Hubo también otra situación que no voy a describir porque ya es demasiado chocante, pero los chicos se acuerdan bien de la del taxi... Otro momento interesante fue en la fiesta de año nuevo cuando nos juntamos en casa de Marcos (esa fue mi última parada de una serie de casas amigas en las que fui recibido y convidado con una copa o dos por el brindis), con unas amigas del anfitrión y nos quedamos tirados en el sillón hablando tonterías por un rato. Llegado un momento de la noche, me arrimo a una de las chicas y terminamos a los besos. Cual susurro del fantasma de la navidad pasada se escucha la voz del Ema (que estaba acurrucado en la oscuridad en un rincón) haciéndose presente con un dolido “gordo traidor...”. Ruido que en el momento no escuché yo porque estaba ocupado, pero uno de los presentes dio testimonio de ello. En fin damas y caballeros, toda la suerte del mundo. Desde ese día no se lo vio más. Pero se sabe que acecha detrás de biombos, agazapado y alerta (en referencia al libro del Coco Sily, y su descripción de los putos).


Otra historia de histeria (Primera colaboración)

Me cuenta un amigo (para no revelar su identidad usaré un seudónimo, Néstor) lo que le paso el otro día y vale la pena rescatar lo acontecido porque esto es solo una prueba mas del grado de histeria que tienen las minas. Y no quiero una horda enardecida de mujeres que me vengan con que “no todas somos así”, porque oh casualidad todas las que tienen los cables cruzados están en el camino de uno. Y después nos preguntamos como me dijo mi amigo, ya mas relajado tomándoselo con soda, al terminar esta charla, “¿a mi solo me pasaran estas cosas?”. Y a continuación dejo el relato de Néstor según me lo contó.

Anoche cuando salen del laburo, él y la susodicha, ella estaba por ir a comer al bar de por ahí cerca tipo 23.30hs y como tenía la casa para el solo y con mucha comida, la invitó. La mina que esta muy buena cabe resaltar, aceptó dichosa. Y enfilaron para la casa de Néstor. Comen juntos, todo muy lindo, y se queda en la casa. Se hacen 2am, después de levantar la mesa y charlar un rato, y la minita le dice que le dolía el cuello y no sé que boludez para que el papanatas la tocara un poquito y le hiciera masajes. El loco se vuelve quiropráctico a este punto. En un momento la pendeja le dice “como me acostaría para que me hagas masajes”. Entendido en el tema, él le devuelve un, “¿querés acostarte en mi cama y te hago masajes?”. “Si es en el sillón sí, sino no” Después de un tire y afloje, palazos, y coqueteo ingenuo, los dos enfilaron para la habitación. Ahí ella se acuesta boca abajo y se desabrocha el corpiño, (con la remera puesta) y Néstor se sube encima de ella y empieza a darle los masajes. No puedo afirmar a ciencia cierta si usó o no sus manos para este acto pero llegó un momento que no aguantó más y le encajó un beso de prepo en la boca. A esto la mina reaccionó mal y “se pudrió todo” me dijo. Se levantó enojada y sin gritar ni nada se fue al living. Mas tarde le dice, algo increíble: ella le dijo que no había sido el beso lo que la puso mal... sino el sentirse traicionada... porque ella lo veía y lo ve como un amigo. Después de semejante pelotudez, continúo. Ante esta situación mi amigo resolvió disculparse y como no le gustaba en serio, más que lo que a cualquier varón le pasa con una mina muy linda. La flaca le termina diciendo que “lo perdona” aunque “se siente traicionada”. Encima después tiene que acompañarla a la esquina y la flaca lo termina de hacer quedar como un nabo con un “te mataría si no te quisiera tanto”. Y cada uno a su casa y ahí termino todo. Ahora bien, a todo esto la mina tenía novio. Lleno de interrogantes en la cabeza Néstor vuelve derrotado a su casa: “¿me pasara a mi solo estas cosas o a todos?, ¿me lo hizo a propósito? o ¿yo nunca me di cuenta que de verdad me veía como un amigo? “Si tiene novio... ¿que hacía en mi casa a esa hora en dicha circunstancia?” Que flor de turra agrego yo.

domingo, 9 de mayo de 2010

Accidentes insensatos y operaciones quirúrgicas (parte dos)

Desde muy chico me dijeron que me tenían que poner ortodoncias (las desmontables) arriba y abajo porque tenía los dientes chuecos. Y bueno, me lo banqué. Años mas tarde ya estando en 4to grado me mandaron al oculista porque copiaba los enunciados del pizarrón como el culo. Me dice el doctor ¿hasta que línea ves? y frunciendo el seño a mas no poder como un viejo moribundo, buscando identificar en la lejanía el colectivo de línea, le digo “la 2da”. Increíble... ahora también lentes. Pero no unos lentes discretos, no, unos lentes de fondo de culo de botella, que fueron hechos con la lente de el radiotelescopio de Arecibo. Pero aguanté (aún hasta el día de hoy) siempre con la idea en la cabeza de que era temporal. Desde chico me vienen metiendo el verso de que “es por un tiempo nomás”. La cirugía para la corrección de la visión no la puedo describir debajo porque no me la hice todavía, pero calculo que para los 26 años estaré listo. Lo que sí puedo hacer es contarles mis experiencias en el campo de la cirugía máxilofacial.

Cirugía para bajarme los colmillos
No sé que edad tenía exactamente, pero era un pendejo (alrededor de 13 o 14 años). Y tenía dos colmillos superiores que no tenían espacio para asomar por la hilera de dientes que ya estaban acomodados, entonces me los tuve que hacer bajar, cosa que no quería porque se veían genial, mas que nada para asustar a los pibitos mas chiquitos haciéndoles creer que era un hombre lobo o un vampiro (ya aclaré que era un pendejo). Me dieron turno, y el doctor me explicó como era la operación, nada del otro mundo pensé yo. La cirugía consistía básicamente en cortar 2 ventanitas sobre la carne para dejar al descubierto los colmillos y pegarles un braquete para forzarlos a bajar en el futuro, con ayuda del alambre del arco de la ortodoncia. Llega el momento de la verdad: la anestesia, cosa que detesto porque mantengo cierto rechazo hacía las jeringas, más aún cuando estos sádicos de mierda se empeñan en mirarte fijo con una expresión de gozo mientras largan el chorrito para que no quede aire en ella. Ahora bien, la operación era una pelotudez, pero como fue la primera que tuve no tengo un recuero muy agradable. Por empezar el sentido del humor del doctor era bastante abrasivo para mi gusto, por nombrar algunos ejemplos, al momento de poner la anestesia me pinchó varias veces para no tener que usar una mas dolorosa como lo es la del paladar, y me dice “¿sabes por qué te pincho tantas veces?, para que te quedés quieto”, siempre con una sonrisa; o el hecho de iniciar la operación con un “¡te voy a masacrar!”. Ojo, yo en su lugar hubiese hecho lo mismo con un nene de mis características, cosa de divertirme un poco, así que no lo culpo. Otro detalle interesante para darle cierto matiz a mis pesadillas era el brutal rojo punzó de la sangre: esta emergía de mi boca y yo la alcanzaba a vislumbrar en el reflejo del lamparón de los dentistas, sus lentes, en los mismos guantes y en las gotas de saliva que el aparato succionador no alcanzaba a atrapar. Más allá de eso, no fue tan terrible.

Extracción de las muelas del juicio (lado izquierdo)
Esta historia es algo mas reciente; septiembre del 2009. Recuerdo bien que fue cerca del día del traductor (30 de ese mes) porque tuvimos una jornada en la facultad y yo terminé yendo con la jeta toda hinchada, y tanto mi atractivo como mi autoestima decayeron esa noche. Pero volviendo al relato, me tocaba sacarme las últimas 2 muelas del juicio porque estaban desacomodándome los dientes, sobre todo la de abajo que estaba acostada. Ya estaba más canchero yo porque la última vez, cuando me había sacado las muelas de la derecha no fue para tanto. Pero esta vez había algo diferente en el aire. La operación: comenzó con la anestesia, y tranquilo sacó la de arriba, en menos de 2 minutos. Ahí respiré hondo, y me relajé un poco, y casi al instante que dejé de contraer los músculos de las nalgas, el tipo me dice “bueno, ahora es el turno de la jodida”… no sonó muy reconfortante me atrevo a decir, pero al menos la sinceridad fue siempre una fija en todas sus operaciones. Y empezó el desagradable forcejeo. A veces no me daba cuenta pero entre el tubo chupasaliva, la mano del doctor, el instrumento quirúrgico y el movimiento de un lado para otro, inconcientemente cerraba la boca impidiéndole ver. Me lo dijo 2 veces y a la 3ra directamente se corrió, abrió un cajón y sacó un cubo de hule de 3cm y me lo hizo morder con el lado derecho de la boca. Ya no podía escapar. Después de al menos 10 minutos de tajearme la encía, que por lo que tengo entendido debe haber sido algo similar a cuando ya cortaste un árbol y queda sacar el pedazo con raíz y tenés que rebanar a palazos y fuerza bruta toda adherencia a la tierra, para recién después poder hacer palanca y sacar la base del todo. Lo noté frustrado y me preocupé pero estuve al borde de cagarme encima literalmente cuando se alejó y volvió diciéndome lo siguiente. “Bueno Federico, esta complicado así que vamos a probar algo distinto. Vos no te asustes…”. Hice caso omiso a su sugerencia y caí víctima de un pánico abrumador sin igual. El hijo de puta sacó un martillo y un cincel, (prestado de algún albañil amigo) y con uno en cada mano me remata con un “¡abrime grande!” Con cada impacto sentía que me estaba partiendo el cráneo en 2, me lloraban los ojos, traspiré como un condenado. Una tarde inolvidable. Después del 6to o 7mo golpe se ve que logro partir la muela y empezó a sacarla por pedazos (no contento con lo anterior me pasaba los pedazos ensangrentados de muela por la cara). Con ello concluyó la operación y pude relajar todos los músculos de mi cuerpo que estuvieron ultra contraídos durante todo el procedimiento. Me dijo como las veces anteriores, que mantuviera la gasa firme e inmóvil para que cicatrizase más rápido y evitar el sangrado, pero al poco tiempo volvés a salivar en mayor cantidad y con la boca cerrada no queda otra que tragar sangre o escupir. Yo opté por la segunda y puedo asegurar que no solo era desagradable para el espectador. Y para cerrar con broche de oro, mientras caminaba hacia la parada del bondi, me encontré con un amigo que me hablaba como si nada y al ver que no le podía responder tuve que recurrir al celular para explicarle via mensaje de texto mi condición. Se me cagó de la risa y me acompaño a escupir una vez mas en un tacho de basura cercano.


martes, 27 de abril de 2010

Accidentes insensatos y operaciones quirúrgicas (parte uno)

No creo que necesite introducción siquiera, los dejo con este placer prohibido que ofrece el dolor ajeno. Mis vivencias son suyas también, gracias a este espacio.

Cuando me abrí el mentón
Este suceso se desarrolla un día que habíamos ido a la pileta del Club Provincial con mi viejo y estábamos prácticamente solos, temprano como siempre, porque no fui uno de esos afortunados de vivir en carne propia las fiestas paradisíacas que se engendraban durante las tardes con música dance, minas en bikinis, asado y amigos. Sentando precedente, en mi familia se acostumbraba ir de mañana al club cuando solo había unas focas con bloqueador solar gorros de paja y joyas. Momentos antes de irnos me encontraba practicando clavados en la pileta, fallando miserablemente en perfeccionar mi salto de cabeza ya que únicamente lograba posicionarme de forma horizontal en el aire e impactar de lleno con mi abdomen contra del agua. Pero no me rendí, y lo intenté reiteradas veces, hasta que me salió y casi me ahogo. En eso mi viejo me llama para irnos, y yo le pido inocentemente que me mire hacer mi acrobacia esperando que como premio me arrojara un par de pescados a la cara, a modo de premio claro. Me paro en el borde mirando para atrás y salto cayendo parado, bastante cerquita del borde, lo suficiente como para comerme el borde con la mandíbula. Un uppercut que me dejó K.O. y me obsequió un pequeño tajo en el mentón, con lo que tuvimos que ir con el médico para que me curara con la gotita. Una perlita entre mis boludeces de pendejo (habrá sido por el ‘95).

Cuando me quebré la clavícula
Tiempos dorados en el colegio eran cuando los recreos los pasábamos en el parque y disfrutábamos de la naturaleza, las canchas de futbol, y los espacios verdes, en la primaria por supuesto. Pero no faltaba el boludo que se quebraba o se lastimaba. Por lo que con el tiempo, nos prohibieron ir al parque, permitiéndonos solo aprovecharlo en educación física o el día del estudiante. Ese día que fuimos al parque, me sentí reflexivo y nihilista, y al igual que en un sueño, sin un propósito, razón o ilación de la narrativa, me dirigí solo hacia un árbol. Lo noté bastante torcido, con una rama que se mostraba fuerte por fuera pero era frágil por dentro, lo que me provocó un ferviente deseo de comprobar mi teoría de su fortaleza.
Trepo el árbol, me cuelgo de la rama cual lémur y le doy una sacudida. Nada. Me alejo un poco mas y pruebo de nuevo, esta vez noto un leve crujido y lo ignoro rápidamente para continuar con mi tarea, de nuevo nada. Me alejo un poco mas y ante el primer movimiento la rama se parte casi instantáneamente, cae primero (a pesar de que yo colgaba de ella, y por lógica tendría que haber caído después de mi, pero así lo dijo Zarathustra) y luego yo aterrizo sobre ella. Sentí al igual que un dibujo animado un “crack” fuerte y seco, sumado a que no me dolía nada. Y me alejé como si hubiera hecho una cagada y comencé a caminar en dirección opuesta. Después de los 50 metros sentí una gran presión en el hombro izquierdo y no podía moverlo. Llaman a una ambulancia y a mis viejos. Me pregunta la mina de la ambulancia como me lastime. Y recuerden, yo no quería que nos quitaran el derecho de ir al parque por causa de un boludo que se había quebrado. Y esto fue lo que respondí (y me apegué a mi historia como un ladrón a su coartada): “Estaba jugando a que era Superman. Entonces me subí a un banco para simular que volaba. No me di cuenta y cerré los ojos. Perdí el equilibrio y me caí (sobre las raíces de un árbol). Después no podía mover el brazo...” Hubo un silencio. Ahora que estoy escribiendo esto me pongo en el lugar de la paramédicos y lo que debe haber pensado, algo como: “¡Que mal che, como fue que perdieron de vista a este pobre mogólico y dejaron que se lastimara!” Como bonus, les cuento que tuve que hacer la comunión con un yeso en la clavícula, en octubre, con ese calor de mierda cagándome de calor con camisa y derecho como soldado. En la iglesia durante la ceremonia se me acerca la profesora de catecismo y me dice que me relaje un poco, que no estuviera tan tenso. Lo que putee... Adjunto una foto debajo para que se den una idea.

Cuando me sacaron la uña encarnada
Yo soy algo descuidado con el tema de las uñas de los pies, a tal punto que tranquilamente se puede confundir mis pies con los de un yeti bebé cuando olvido recortarlas. Es por eso que no es de sorprenderse que una vez se me encarnó la uña del dedo gordo del pie derecho. Traté de quitarla de la herida múltiples veces, con un alicate, un par de tijeras, instrumentos punzantes y demás herramientas, pero todo fue en vano. En una sesión regular de “enderezamiento de la uña” se derramaban al menos 2 gotitas de sangre, algo de pus (pero no siempre), y un pocillo de lágrimas, 2 veces por semana. Y yo tranquilo. Llego un momento que empecé a caminar como el hombre elefante porque me lastimaba de sobremanera pisar derecho. Acá hago una pausa y le mando saludos a Javito a quien yo confié el motivo de mi dolor a lo que me devolvió una mirada fija a la cara por unos instantes, me sonrió y gritó: “¡el gordo tiene zapatillas nuevas, hay que estrenarlas!” a lo que inició él mismo el rito con un pisotón importante. Grité... y me desmoroné de dolor en el piso con el pie adormecido y a los 2 minutos cuando me recuperé lo veo a él en el piso rodando de la risa. Gracias. También es importante recalcar que con mi andar de parapléjico yo volvía casa después del colegio por 2 semanas. Cuando ya no podía pisar, fui al médico esperando que me dijera que me iban a tener que cortar el pie. Al momento de la operación, me acuestan en una camilla y me aconsejan que no mire, me anestesian con un jeringazo entremedio del dedo gordo y el índice, no estuvo bueno pero lo peor estaba por venir. Remueven la pezuña y no sentí dolor, a lo que creí que faltaba mas, cuando contra la instrucción del doctor me incorporo y veo una garra ensangrentada sostenida por una tenaza y acto reflejo me miro el dedo sin uña y casi me desmayo. Mejor que la película “la llamada” y “el grito” juntas. ¡Ahh!, cuando me acuerdo, me sigo cortando las uñas como un cavernícola con varios instrumentos (menos una tijera) y sino, me las dejo largas y las raspo contra la pared para afilarlas.

Solo me despido aclarando que por falta de tiempo no logré poner todo el contenido que planeaba en este posteo. Así que aguarden al borde de sus inodoros la segunda parte, esta semana o el martes próximo, para tener algo con que limpiarse. Saludos.


martes, 20 de abril de 2010

Crónicas en dos ruedas

Yo me la tiro de ciclista. Me encanta andar en bici, porque puedo transportarme a tracción propia a donde yo quiera, el límite lo estipulan mis gambas. Es por esto que además de usarla como medio de transporte para trayectos cortos, como ir a hacer algún mandado, a la facultad, casas de mis amigos y demás, la uso para hacer unos recorridos algo mas extensos; hasta ahora lo mas lejos que llegué fue hasta el puerto del pueblo de San Lorenzo (debajo adjunto el mapita para que se den una idea). Tiene sus ventajas: es gratis, saludable, recreativo y liberador. El último viaje que hice me fui preparado, (porque la penúltima vez no había merendado y terminé tan exhausto que casi me desmayo de regreso ya en Rosario) me llevé una botella de litro y ½ con jugo, un durazno y un par de barras de cereal y además merendé antes de salir. Por suerte no me sucedió aún una calamidad del tipo que algunos amigos desean como una cámara pinchada o reventada, a lo largo del viaje, pero yo sé en el fondo que en sus casas deben estar orando por una botellita de vidrio reventada o alguna piedra en mi camino para cumplir la profecía. Me manejo tanto en ella que he ido a lugares completamente inadecuados en bicicleta y la encadenaba enfrente del local, con actitud desafiante, como bares, boliches, a recitales, al casino (esta última siendo la que mas adrenalina me inyectaba porque nunca sabía si iba a estar cuando yo volviera; no siempre esta disponible la posibilidad del Libertad de enfrente con lugar para dejarla vigilada). También con ella hago las entregas de los huevos de pascuas a mis amigos. Pero no todo es color de rosa, aunque las llantas son lilas y cabe destacarlo, en muchas ocasiones me salvó de tener que valerme del transporte público, pero hubo otras en las que me hizo laburar el doble para llegar a destino. Como esos pinchazos aleatorios e imprevisibles:

Camino al laburo: fue una sola vez pero realmente me aniquiló. En esa época estaba en capacitación así que no podía faltar o llegar tarde. En calle Oroño y Córdoba se me revienta la cámara de atrás justo cuando el semáforo se pone en verde y quedo en pelotas en el medio de la calle. Alejándome de los bocinazos y puteadas de los culeados de los conductores que no ven que no fue por pancho que frené en ese sitio, me fijo la hora y como veo que no dispongo de mucho tiempo empiezo a patear hacia Brown y Pueyrredón arrastrando la bicicleta, a lo que a esta por simple movimiento se le sale la cubierta y entra a raspar contra el pavimento trabándose de alguna forma loca la rueda. “¿Qué hacer?... Esto no me va a vencer a mí” pensé, con lo que me cargué la bicicleta al hombro y la llevé cual bolsa de papas cambiando de lado cada 2 cuadras. Se larga a llover. La puta madre pienso mientras me entro a cagar de la risa solo. Llego 10 minutos tarde que se me perdonaron porque llegué, empapado en una mezcla de agua de lluvia y sudor, grasa de la cadena y tremendas ojeras. El resto del día fue mas tranquilo casi somnífero.

Camino a la casa de sk: en esta ocasión me pasé de rosca con el surtidor de aire en una estación de servicio y la cámara de la bici se salió de la contención que provee la llanta mostrándose como a punto de reventar, y para poder acomodarla tuve que desinflarla y volver a inflarla varias veces hasta que termino pinchándose y me dejó a 20 cuadras…

Vuelta de la casa de exe: muy buena esta, saliendo de la casa de un amigo, de noche, me quedo en la puerta hablando un rato más. Algo a lo que no le di mucha importancia fue que paso el basurero y al intentar hacer un tiro al camión al estilo de los Globe Trotters que lograr errar asquerosamente y se escuchan ruidos de vidrios hacerse añicos. Me despido casi al instante y empiezo a pedalear tomando velocidad yendo por la vereda buscando el lugar adecuado para bajar a la calle, y lo encuentro. Salto una bolsa de basura y le doy de lleno al pedazo más grande de la botella que no se había llegado a romper del todo pero permanecía afilada. Esa vez no fue tan dura porque estaba a unas cuadras de mi casa, pero parecía mandado a hacer.

Vuelta de la casa de sk: La vez que recibí la remera con mi rostro impreso. Empiezo a pedalear y logro avanzar hasta calle Pellegrini con la rueda en llantas, cuando ya los adoquines me estaban destrozando las llantas. Resignado, inició mi travesía hacia mi casa. No iba ser una noche fácil, ya me la veía venir. En el recorrido me cruzo con un travesti que caminaba en mi misma dirección pero unos metros mas adelante. Yo acostumbro enganchar la llave al cinturón por lo que cuelga y hace ruido cuando camino, se ve que esto alarmó al “muchacho” y en un momento se dio vuelta de forma amenazante como listo para confrontar a un agresor. Y se encuentra conmigo, en cuero, con una mochila arruinadísima, unos jeans recortados para asemejarse a unas bermudas pero que terminaron siendo unos capri al estilo chavo del 8 y una bici pinchada. Espera a que yo pase y después sigue caminando él. A los pocos pasos lo escucho cerca de mí al tipo y me dice susurrando con voz de tachero bonaerense: ¡paapiitoo! Me recorrió un escalofrío por todo el cuerpo mientras se me fruncía y seguí mi camino. Hago un intento de inflarla rueda en una estación de servicio para encontrarme con que no solo estaba desinflada sino también pinchada.

En un paseo por el parque: uno de los primeros viajes que hice en bicicleta, pasé por el parque con el que choca el principio de calle Sarmiento. Y me creía jesús en una bicicleta todoterreno con cubiertas de fibra de diamante. El karma del universo me puso en mi lugar y me hizo pinchar con una de esas pelotitas de mierda de los árboles del parque. Como no quería que me llamara nadie, deje el celular en mi casa apagado, así que mi única opción fue volverme caminando con la bici a rastras hasta mi casa que vendrían a ser alrededor de 50 y tantas cuadras.

La vuelta carnera en bici: Esta en realidad se origina por causa y obra mía, pero mucha gente me pidió que la contara. Saliendo un día de un partido en Oxígeno enfilando para la parada de colectivos toca cruzar calle Santa Fe, yo tenía la mochila mal agarrada con el hombro derecho y haciendo equilibrio. Es importante el hecho que el semáforo estaba en rojo por que los autos actuaban como el público en un desfile, pero de pelotudos siendo yo la estrella principal. Me dirijo al cordón como siempre y no llego a levantar las ruedas delanteras, tropiezo sobre este y doy un salto mortal hacia delante cayendo la bicicleta sobre mí. Estaba atrapado debajo de la bicicleta con la correa de la mochila impidiendo moverme y la posición del cuerpo no ayudaba, para colmo hacía tanto frío que no tenía fuerzas para moverme. La vista era increíble, yo retorciéndome cual babosa a la que le echan sal para verle sufrir, mientras mis amigos no podían parar de reírse y se revolcaban en el piso a carcajadas, lo cual no cesó en ningún momento de todo el camino hasta la parada. Al menos 2 minutos habré estado tirado en el piso y no me levantaron hasta que pararon de reír.

miércoles, 14 de abril de 2010

Atracción fatal

Como ya saben el nombre de este blog fue forjado en honor a mi alter ego. Algunos fanáticos, ajenos a mi forma de ser, aún hoy no entienden en que consiste. Ya desde el vamos no entienden que tanto yo como él, somos heterosexuales. Sí, así es, mala suerte chicos. Pero es algo irónico que a pesar de mi preferencia por las mujeres, las personas que se sienten mas atraídas hacia mí sean los gays. ¿Será por el culito de goma? Por eso hoy les ofrezco esta cucharada de vick vitapirena vencido de la poesía que represento. Este post va dedicado a Lucas Teamvak mi seguidor Nº1 y para un amigazo: Fer

Puto Número 1 (el francés)
Era la época del colegio (las mejores cagadas y anécdotas están siempre relacionadas con éste) Es un saber universal que en el santísimo se encuentran perras en cantidades insospechables. Pero como consecuencia surgen los trolos, tal vez para crear un balance. Uno de ellos iba con nosotros a natación. Un día normal llega tarde el susodicho y me toca en el mismo andarivel que a él. Ya había rumores que se la comía, pero yo intenté ser tolerante y fingir que no me importaba para nadar tranquilo. Cuando yo salía el volvía así que fueron pocas las veces que nos cruzábamos, y en esas pocas me preguntaba cosas simples como de donde soy, cuanto calzo de pata de rana, y cuanto de zunga. No mentira, cosas simples, pero digamos al tercer cruce me pregunta por los bíceps. Yo iba al gimnasio por eso tenía los brazos “hinchados”; lo único que marqué ahí fueron tendencias, pero nunca un puto músculo. ¿Vas al gimnasio? – Sí. –¡Qué brazos tenés! –¡Viste boludo, y hace 2 meses que estoy yendo nomás! –¿Puedo tocar? –Dale... En ese momento levanto la vista y veo absolutamente a todos mis compañeros con una mezcla de asco miedo y morbo en sus rostros, y el puto chocho de la vida apretando el brazo como si fuera un culebrón africano. Caí en cuenta de lo que estaba pasando y me zambullí en lo profundo. Nadando cual manatí en cautiverio regreso al punto de partida, y me reciben los chicos disparando 10 mil preguntas, ¡Te toco todo!, ¿qué onda? ¿Vos te la comes? ¿Vos sos pelotudo? (esta última se repitió varias veces, viniendo de bocas distintas). Y esta historia termina acá porque si no lo paraba capaz que me apretaba el mús-culo.

Puto Número 2 (el rubio de la cantina)
Hubo otro puto famoso en mi colegio, el rubio de la cantina, que era el que te servía las medialunas. Todas las veces que te la entregaba acariciaba la palma de la mano del comprador provocando un cosquilleo, pero este no se reía. Sino más bien miraba con seriedad, dejando escapar una mueca de satisfacción… Así de repugnante como lo digo. Y adivinen a quien mandaban siempre a la cantina a comprar facturas…

Puto Número 3 (el puto de Pasacalle)
Una de esas fantásticas noches que planeamos con mis amigos ir al boliche de Arroyo Seco. Primero que nada, la infaltable, salimos tarde a la parada y la M azul de calle Oroño no pasó por 2 horas, y decidimos intentar con la M de San Martín que tarda mucho mas porque pasa por todos los pueblos de mierda que quedan de camino. Después de 45minutos de espera yo ya había decidido con uno para irnos a la mierda, a lo que llega el colectivo, y ahí mandé a la madre de cada uno de nosotros allá en por lo menos 7 lenguas muertas y 3 dialectos escandinavos. Hinchados las pelotas y deseando destruir y matar, arribamos al boliche, pasamos y nos dirigimos a la pista principal. Al poco tiempo notamos algo extraño: muy pocas mujeres y menos aún bailando, pero como las presentes estaban aceptables no nos importó. Prenden la máquina de humo y entran a fumigarnos, y cual genio saliendo de la botella (que ningún parecido tenía con Cristina Aguilera) aparece un puertorriqueño, con una trenza que le llegaba hasta la cintura; el loco con perfil de coreógrafo se bailó todo. Junto a él se asomó cada caripela, fue ahí cuando comprendimos que esa noche todos los osos come-masitas cambiaron la sede de Gótika y se reunieron en Pasacalle. Esa noche presenciamos suficientes trave, como por nombrar algunas: el puto que le daba de beber al otro un doctor lemon alejándoselo de la boca para que se derramara, el puto que bailaba el ‘agachadito’ con la mina detrás de sí, un travesti de 30 y tantos, y demás engendros. En la ronda de heteros que conformábamos nosotros en el medio de la pista se intentaba bailar, y en eso, aparece el soplaquenas de esta historia. Ahora bien, tengo que reconocer que el chamuyo fue muy práctico, casi provoca robárselo para practicarlo con alguna mina: se acerca y tropieza conmigo, y aunque no caí me ayuda a levantarme, con una sonrisa me dice, ¡como empujan che! –después ya mas mimoso– “hola, ¿cómo estas?” –a lo que respondo con cara de “esta empanada no es del gusto que yo pedí” le digo alejándolo con la mano– ¡No flaco te equivocaste, yo no soy puto!. Ah ok – y desapareció entre la multitud. Mis amigos se cagaron de risa, pero era envidia creo yo, porque a ellos ni los putos los chamullaban.

Hay sin embargo un muchacho (varios saben de quien hablo) que merece un posteo completo, porque de no hacerlo estaría restándole importancia a su figura, pero eso será otro día.



lunes, 5 de abril de 2010

Camino al colegio con mi vieja

Antes de iniciar la abrumadora tarea de relatar por escrito una nueva aventura de mi juventud, quería mandarles saludos a todos los amigos que recibieron en sus hogares con los brazos abiertos la visita del gordejo pascual.

Muy bien, hoy es el turno de una historia que quedó grabada en mi memoria como uno de esos momentos de vasta felicidad que a todos nos toca vivir. Todo comenzó una mañana de día de semana, aunque no estuvo ligada a la recurrente rutina colegial. Por lo general, mi viejo nos levantaba a mi hermana y a mí, desayunábamos con calma y tranquilidad, nos preparábamos y después él nos despachaba en la puerta del colegio. Pero no ese día. A mi papá lo habían llamado para una cirugía bien temprano y mi hermana no estaba, por no sé que proyecto. Irrelevante el porqué de su ausencia pero no el hecho en sí, ya que quedé librado a mi propia suerte. No tuve problema, seguí todos los pasos necesarios para salir decentemente de mi casa y dirigirme al colegio cuando escucho que mi vieja, ya despierta, me dice “te llevo”, y seguramente ustedes saben cuan agradable resulta el transporte público y mas aún a la mañana…
Levamos las anclas e iniciamos la travesía en nuestro galeón, el duna; es fija que hay muchos boludos sueltos en las calles y parece que mi vieja los atrae como mierda al excremento, y en cada encuentro la encargada del timón (o volante) no obvió una sola puteada del diccionario aprobado por la Real Academia Española para referirse a estos sujetos (todo esto por supuesto con las ventanillas altas de forma que nadie mas que yo pudiera escucharla). También debo mencionar que hay un tick que caracteriza a mi mamá que es el de señalar con el brazo completo y el dedo índice a la primer boludez que le llama la atención en vez de orientar al oyente de alguna otra forma, sacando así el exceso de mucosidad de mis fosas nasales. Ya estando a no más de 5 cuadras del colegio, mi expresión cargaba consigo una mezcla de tonos de agonía, agotamiento, incomodidad y un manantial de entusiasmo por incorporar nuevos conocimientos en el colegio ese día.
Estaba prendida la radio pero con este circo no podía escuchar lo que estaban diciendo, a lo que se cruza un ciclista, hecho que acrecentó la furia y los gritos de ella. Ya buscando algo de paz apagué la radio y traté de buscar refugio en algún recuerdo de mi infancia de inyecciones para una vacuna tamaño XXL en mi espina dorsal. De repente el epicentro de los gritos paso a ser yo. “¡¿Por qué apagaste la radio?! Prendela y ponela en la estación que estaba”; la mandé ligeramente a cagar, a lo que desaforada frena el auto de golpe y me da 2 opciones a elegir, 1) que hiciera lo que me dijo, ó 2) que me bajara del vehículo. Sin pensarlo dos veces me bajé y cerré de un portazo… ¡¡era libre al fin!! Pero esto no terminaba ahí, continuaba con el “Round Two, FIGHT!”. Por dos cuadras enteras me sigue con el auto, a paso de hombre digamos 5km/h, desde el auto tocándome bocina, sinceramente no sé que esperaba que hiciera yo. Eventualmente desistió, por causa del ridículo o por haber fundido la bocina, pero yo continué mi camino con la mirada fija al horizonte y llegué a tiempo al colegio evitando otra tardanza.
Cuando revivo esta anécdota con mi familia mi vieja, aún hasta el día de hoy, me sigue viendo como un criminal. Nunca me voy a olvidar de la felicidad y plenitud que sentí al caminar hacia el colegio… nunca mas se repitió esto en mí.