Saludos mis seguidores del holocausto mental de estos tiempos violentos. ¿Qué decir? Extrañaba publicar en el blog, y es que en los últimos meses estuve ocupado, como se notará en la regularidad con la que empecé y la que sostengo hoy en día. Pero ahora que la tormenta pasó seguro volveré a deleitarlos más seguido. Hoy les dejo estas 3 historias random y me despido hasta la próxima vez, yo mientras tanto procuraré volcar mis más recientes experiencias al papel.
El perro camino a Pompei y la perra de Mara
Es cierto: una vez cada tanto se presenta uno de esos días en los que deseas convertirte en topo, cavar un pozo con tus pezuñas y refugiarte bajo tierra hasta que la jornada culmine para hacer un nuevo intento el día de mañana. Pero también es cierto que hay días buenos. De esos que te levantas y no sabes cómo pero te sentís en armonía con vos mismo, los problemas que te taladraban día y noche la cabeza pasan a segundo plano, tenés la autoestima por los cielos y en tu mente se repite la frase “cuidado carajo que vengo yo”. Las banalidades de la vida diaria están ausentes y el eje de tu vida una vez más sos vos. Así arranqué el día no hace mucho. Me levanté temprano para llevar la bici a la bicicletería. Un día soleado perfecto, en el taller me atendieron rápido y sin boludeos (casi, como si buscaran hacer bien su trabajo), y ya que el arreglo no tardaba mas de media hora, me fui a cortar el pelo. Caminando, pecho afuera y frente en alto, elevé mis expectativas de lo que el día me depararía, mucho más cuando un resplandor llamó mi atención, y al acercarme comprobé que era una moneda de un peso. En medio de tanta exaltación de mi ego veo un caniche minúsculo y pedorro que aparentaba ser un perro guardián. Cuando paso por la puerta de la casa que este Cancerberos tan celosamente protegía, me advirtió con unos chillidos agudos e intermitentes que simulaban ser ladridos, y sin pensarlo 2 veces se me prendió del tobillo. Claro que a través del vaquero y con esa mandíbula de juguete ni lo sentí, pero la actitud es lo que molestó. Para deshacerme de esos 5 kilos aferrados a mi pierna, me sacudí violentamente, como un potro salvaje. El bicho después de “ahuyentar al intruso” volvió lo más pancho al pórtico, satisfecho. La puteada que le dediqué, para no patearlo, se escuchó hasta la esquina donde un pibe estaba esperando el bondi y había presenciado la escena. Su disimulo mal disfrazado evidenció que se estaba cagando de la risa, y como no hacerlo: que un perrito insignificante se le haga el malo a un oponente mucho más grande, hasta a mí me causaba gracia. El resto del día fue simplemente normal. Ese animal fue un enviado, de allá arriba, para que yo entendiera bien como es el orden natural del mundo. La moraleja: no importa cuan bien empiece tu día, de una forma u otra se va a ir al carajo.
También estuvo aquella perrita miserable que pretendió atacarme. En las épocas en que la legendaria banda Necrotonia que formamos entre amigos practicaba en La Nave (sala de ensayo manejada por 2 tortas). Tras salir de la sala y esperando en un pequeño patio al aire libre reuníamos la plata para pagar las horas, a lo que la mascota de la torta alfa se hace notar incesante e incansable a los ladridos, cual copia de los perritos de juguete que venden por la peatonal. Después de unos minutos me pudrió y traté de que se callara desafiándolo con mis propios gruñidos que justo acababa de practicar hacía unos minutos. Solo bastó uno largo y 2 cortos para derrotarlo. Como todo mal perdedor quiso cambiar el resultado tras finalizado el combate y se me enganchó del tobillo. Entretenido, lo sacudí un poco hasta que la dueña lo llamó y éste destrabó mandíbulas. Es siempre interesante cómo el choque entre un animal no domesticado y un perro, deleita, pero más que nada, avergüenza a sus espectadores.
El origen
Algo que no muchos saben es que un principio la relación con mi vieja no era como la presente. Incluso nos tolerábamos. Dentro de lo humanamente posible, claro esta. Pero por razones que hasta hoy en día parecían escapar a toda lógica, encontré dentro de mí la respuesta durante un viaje reflexivo. Siempre odié los almuerzos en familia del fin de semana. Más allá del ritual de carne al horno con papas, que aprendí a aceptar, disfrutaba charlar en familia, sin embargo siempre estaba presente en el ambiente un sensación de peligro inminente que surgía con un “¿te acordás la vez que...?” y terminaba en discusión a los portazos, gritos y todos más que exasperados. El eje temático de estas charlas giraba en torno a mí y siempre concluía efectivamente que yo era el causante de todo malestar, vergüenza, y/o sufrimiento de ella y por ende de la familia. Luego de este agradable cuadro de domingo por la tarde salí a caminar, como suelo hacer, y tal vez por iluso o masoquista comencé a pensar en la situación anterior. Vinieron a mi cabeza como un flash varios recuerdos al hilo. 2 episodios en particular me hicieron caer la ficha.
Un día mientras hablábamos, de vaya a saber qué, me mira de arriba abajo y tras notar que ya tenía pelo en varias partes del cuerpo y la voz me había cambiado, con los ojos vidriados y la voz entrecortada me dice: “¡vos no sos más mi bebé!”. Ciertamente algo muy meloso y pelotudo pero válido. Aunque se notaba que estaba dolida como si hubiese sufrido algún tipo de mutación o me hubieran diagnosticado alguna enfermedad incurable. Después me abraza y me repite suficientes veces su mantra “quiero de vuelta a mi hijo”. A lo que le contesto “¡bueno, cagáte porque esto es lo que soy ahora y no hay devoluciones!”. Tremendo.
Por lo que nunca hallé perdón (ni tampoco lo busqué) eran características de mi personalidad cuando era chico, cosas por lo que ninguna persona puede guardar rencor. Todo se resumía en una frase “vos me arruinaste la vida, me hiciste morir (veo que no hice un buen trabajo, debo agregar): de chico eras antisocial, me llamaban del colegio siempre, divulgabas todo”. Antisocial, sí. Siempre me peleaba con chicos más grandes por boludeces, por supuesto. Pero de boca floja no tenía nada, por ejemplo, dada la ocasión en que teníamos que juntarnos para hacer algún trabajo en casa de alguien yo ya tenía que negarme a ofrecer mi casa porque mi vieja no quería que llevara a nadie. Tantas veces quedé mal que terminé poniéndola en evidencia en una reunión de padres enfrente de la maestra, compañeros y padres. Valió la pena. La última consiste en que no nos íbamos de vacaciones porque yo me llevaba materias a rendir, y como “había que vigilarme para que estudiase”... nunca nos íbamos de vacaciones. Ridículo.
Todo esto que cuento parece insignificante a estas alturas, pero cuando te lo echan en cara por tantos años, llega a perturbarte. Sin embargo ahora que soy grande entiendo que mi vieja sufre de algún tipo de demencia con tintes de Alzheimer, llámese menopausia, o lo que fuere, así que ya no le doy más pelota. De todos modos, cada tanto hablamos cuando hay coherencia de por medio. Y como nota final cierro este apartado con un pensamiento: llegado el día en que mi vieja tenga alguna una emergencia médica (Dios no quiera), yo vivo con auriculares a todo lo que dan, no sé manejar, ni sé el número para llamar a Urgencias.
El grano subcutáneo
Todos los días se aprende algo nuevo. En unas horas nos íbamos de vacaciones a San Bernardo en familia, y yo no podía estar más contento, ya que hacía varios años seguidos que las vacaciones resultaban ser un fiasco. Pero esta vez prometían ser diferentes. Lo único que me molestaba era un grano subcutáneo en la cara, de esos que duelen un montón y no tienen punta para apretarlo, que no me dejaba dormir porque el solo contacto con la almohada irritaba. Frente al espejo del baño comencé el tratamiento apretando el granito para que apareciera una punta. Falló. Me lavé la cara e hice un par de intentos nuevamente, sin resultados. Después tuve una idea genial: usé un alfiler previamente esterilizado con alcohol para perforar la carne y llegar al cúmulo de pus cual excavación en búsqueda de petróleo. Me sorprendió que no me doliese y por un momento creí haber sido demasiado bruto, pero esa sensación desapareció al instante que me vi reflejado en el espejo con el alfiler clavado en mi mejilla derecha como un muñeco de vudú extremo. Fallido mi procedimiento quirúrgico casero, me fui a dormir, derrotado y con la cara toda roja. Al día siguiente, me levanto y siento la cara adolorida, voy al baño y el fantasma de la opera me devuelve la mirada, parecía como si me hubiesen extraído una muela del juicio. Comprendí que iba a ser un monstruo durante mis días de relax, pero asumí la responsabilidad por mis actos y me la banqué, aunque al principio pensé en disfrazarme de Buckethead para pasar desapercibido. Durante el viaje llovió 9 de los 11 días, así que nada de playa. Todo el tiempo en el hotel, en la pileta con jacuzzi, o paseando por el centro. En fin, a los pocos días mi viejo viendo que ya era hora de drenar la zona (me había crecido un pezón en la cara), me dice que intente reventarlo y me da unos antisépticos y una curita. Con los medicamentos en mano y un poco de estómago ejercí fuerza en la zona. Si alguno vio la conocida escena de esa malísima película, Hostel, puede tomarlo como referencia, pero la realidad una vez más supera a la ficción. Al menos 4 colores en distintas tonalidades había en la mezcla que emergió de mi mejilla. Pero al fin volví a ser yo, y después de recobrar la compostura me comí una porción de lemon pie que compró mi viejo. Todos los días se aprende algo nuevo, muy cierto: si te sale uno de esos molestos granitos, no lo toquetees. Las vacaciones en sí estuvieron muy buenas, esto fue solamente un bonus.



